¿Cómo es que no conoces mi pena?

Tanto el “centrarse en el cliente” y la necesidad de “autoexpresión” -proclamados por la Psicología Humanista Americana-, como el “centrarse en el alumno” -principio cardinal de la Escuela Nueva– que recoge el pensamiento rousseauniano, marca en la actualidad el día a día en las aulas. Además la enseñanza, en todos los niveles, replica la cultura de la  “euforia del debate” en la que nos hallamos inmersos.

Ello impregna de tal modo nuestro pensamiento pedagógico, que, cuando preparamos una unidad didáctica, a la expresión “clase magistral”, con la que denominamos algunas sesiones, nos vemos casi obligados a añadir, rápidamente, una acomplejada adversativa, “¡pero participativa!”, si no queremos parecer profesores obsoletos y cansinos.

Es posible que tal obsesión participativa haya dinamizado nuestras explicaciones, pero, ¿no encubre -o puede encubrir- una deficiencia comunicativa? El abuso de la mera opinión o autoexpresión solicitada a los alumnos, ¿no revela, a veces, no sólo falta de contenidos serios, sino ausencia de una verdadera relación profesor-alumno? Cuando nuestra relación amorosa (y la relación educativa es un tipo de ella) es verdadera, no necesita exuberancia de palabras. Al contrario las muestras excesivas o inadecuadas (forzadas) de afecto desvelan su ausencia.

Elie Wiesel, autor del libro donde aparece la historia jasídica.

Recogemos un relato jasídico que lo expresa claramente. Cierto Rabí dice haber aprendido “qué cosa es el amor” de dos borrachos:

“Los vi en una taberna. Estaban sentados a la mesa. Las botellas se apilaban ante ellos, y no hacían más que beber; ni siquiera se miraban. A cada rato se interrumpían y se decían por lo bajo: “Eh, Alexéi –preguntaba el más joven–, ¿eres mi amigo? ¿Me quieres? –Claro, Iván. Soy tu amigo y te quiero.” Y vaciaban otra botella, cada uno perdido en la bruma de su sueños solitarios. Luego Iván se volvía otra vez hacia su compañero: “Alexéi, ¿de verdad eres mi amigo? ¿Me quieres de verdad? –Claro, Iván.” Y otra vez bebían, para repetir al poco el mismo diálogo. Y así tantas veces que Alexéi terminó por enfadarse: “¿Cómo te lo voy a tener que repetir, Iván? ¡Soy tu amigo! ¡Te quiero! ¿Estás sordo o borracho, o qué te pasa?” Iván se quedó callado. Su mirada se oscureció, su voz se entristeció: “Alexéi, Alexéi –dijo–, si de verdad eres mi amigo y si me quieres como dices, ¿cómo es que no conoces mi pena?”

Quizá, en cierto sentido, un buen educador es aquél que conoce la “pena” de sus alumnos antes de que se la manifiesten.

 

 

Referencias:

  • Wiesel, E. (1996) Contra la melancolía. Ed. Caparrós editores
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2 respuestas a ¿Cómo es que no conoces mi pena?

  1. piscina moral dijo:

    Me encanta el sitio.Os animo a seguir.

  2. José Sáez dijo:

    Es curioso, pero ya en 1970 un profesor universitario canadiense, Lucien Morin, denunció en su cáustico librito "Los charlatanes de la nueva pedagogía", lo que él llamó "opinionitis", es decir, la sustitución que se estaba produciendo en la enseñanza del conocimiento científico por la mera opinión y el abuso de la discusión como método de aprendizaje. Según Morin, el conocimiento cierto no se logra por consenso, ni por victoria en un debate de opiniones, algo que parece ya sacralizado en muchos ambientes educativos actuales, incluidos los universitarios, donde parece que "lo que hemos decidido entre todos es la verdad", como si "lo que opinamos" o "lo que opino" tuviese presunción de veracidad. Más curioso aún es que, en la Toscana del lejano siglo XV, un humilde e intrépido predicador franciscano, San Bernardino de Siena, ya denunciara que la discusión no es un buen medio para aprender. Según él, mejor es la lectura, el estudio, la atenta escucha, la constancia y la práctica de las virtudes.

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