Enseñar es muy difícil

"El profesor es insustituible (...) , puede hacer lo árido ameno; lo difícil fácil; lo complicado simple, lo muerto vivo; lo amplio breve."

En un texto de Losada, cuya actualidad es innegable,  leemos:

“El profesor es insustituible cuando explica una lección, porque puede hacer lo árido ameno; lo difícil fácil; lo complicado simple, lo muerto vivo; lo amplio breve. Esta es la diferencia fundamental entre el maestro y el libro, aunque sea el suyo propio; sólo el maestro puede explicar en una clase lo que a él le ha costado años de estudio y experiencia, y decir siempre la misma lección de forma superada y distinta, dándole un nuevo encanto y nueva vida; para que la obligación de aprender estudiando fructifique y se convierta en provechoso pasatiempo, ha de haber siempre entre el alumno y los libros un maestro”.[1]

Me ha encantado el libro de Ken Bain Lo que hacen los mejores profesores universitarios [2], publicado por la Universitat de Valencia. Aunque el libro esté centrado en la vida académica norteamericana —que es una realidad bastante distinta de la nuestra—, su lectura puede ayudar mucho a los profesores universitarios de nuestro país que quieran aprender de las experiencias de sus mejores colegas norteamericanos.

Por eso, siguiendo al experto Jaime Nubiola [3], pienso que el rasgo más característico de los mejores profesores universitarios es el interés  que,  por encima de todo, muestran  en que sus alumnos realmente aprendan y para lograrlo están dispuestos a cambiar sus métodos, sus actitudes y todo lo que sea preciso. Bain, explica  al principio del libro:

“Los mejores educadores pensaban en su docencia como algo capaz de animar y ayudar a los estudiantes a aprender” (p. 62). Los buenos profesores no se plantean sólo los resultados en su asignatura, sino que la cuestión decisiva para ellos es siempre la de: ¿qué podemos hacer en el aula para ayudar a que los estudiantes aprendan fuera de ella?” (p. 65).

Están realmente interesados en el crecimiento personal de sus estudiantes y en qué pueden hacer ellos para lograr ayudarles en ese proceso.

Eduardo Primo Yúfera

Un eminente científico español, Eduardo Primo Yúfera, hijo de un maestro nacional, decía de su padre [4]:

“Estudié todo el bachillerato con un único profesor: mi padre. Todo me lo enseñó él, las letras y las ciencias y, sobre todo, me enseñó a enseñar, que ha sido lo más importante en mi carrera universitaria; porque enseñar es muy difícil”.

Los mejores profesores universitarios no están satisfechos con lo que ya saben, sino que están permanentemente revisando su experiencia, adaptándose inteligentemente a los cambios de los alumnos y a la evolución de su propia disciplina.

Como escribió el científico y filósofo norteamericano Charles S. Peirce, “la primera regla de la razón —y en cierto sentido la única— [es] que para aprender se debe desear aprender, y al desearlo, no quedarse satisfecho con lo que ya se está inclinado a pensar”. Con profesores satisfechos de su docencia, de sus clases, y de lo mucho que saben, no hay nada que hacer. Sólo aprende aquel que está dispuesto a cambiar, a cuestionar su modo de proceder habitual para sustituirlo por otro mejor, más eficaz, para lograr con ese cambio que sus estudiantes aprendan todavía más. “Parte de la condición de ser un buen profesor (no todo) —afirma Bain (p. 194)— consiste en saber que siempre hay algo nuevo por aprender; no tanto sobre técnicas docentes, sino sobre estos estudiantes en concreto”.

Es muy curioso —afirma Bain— que los estudiantes tienen de ordinario una formidable “capacidad para reconocer con extrema precisión, incluso con tan sólo unos pocos segundos de contacto, qué profesores podrán ayudarles efectivamente en el progreso de su educación y cuáles no” (p. 25). Los mejores profesores “tienden a tratar a sus estudiantes con lo que sencillamente podría calificarse como amabilidad” (p. 30), “escuchan a sus estudiantes” (p. 53) y “evitan el lenguaje de las exigencias y utilizan en su lugar el vocabulario de las expectativas. Invitan en lugar de ordenar” (p. 48). Los mejores profesores, a fin de cuentas, son aquellos que quieren a sus estudiantes, quieren que crezcan y ponen al servicio de ese objetivo toda su ciencia y todos sus afanes. Para los estudiantes, lo más importante de los cuatro o cinco años que pasen en la UCV, haciendo su carrera, es que encuentren un profesor o una profesora que les sirva realmente de referente para su vida, que sea su mentor en los años universitarios y quizás incluso después. Esto es —me parece a mí— lo más importante de la vida universitaria.

Pero hay un segundo aspecto que no aborda Ken Bain en su libro y es también de notable importancia para la calidad de una institución universitaria. Me refiero a la cordialidad, a la colaboración afectuosa de unos profesores con otros que se traduce en el trabajo en equipo, en el aprendizaje cooperativo y en tantos otros aspectos más que hacen tan amable la vida universitaria. Trabajar en colaboración no significa uniformidad, sino que exige amor a la libertad y entusiasmo por el pluralismo. Lamentablemente en muchas instituciones educativas ni se enseña a trabajar en equipo ni se favorece la pluralidad. Por el contrario, si se aprendiera a trabajar en equipo —ha escrito certeramente María Rosa Espot— “se puede disponer de una herramienta de trabajo que mejora a la persona, y que posibilita reunir conocimientos y capacidades de tal forma que el resultado del trabajo de un grupo de personas excede a la suma de sus contribuciones individuales”.

La civilización del amor comienza en el día a día de la comunidad universitaria. Esto exige —como pedía hace unos pocos meses Benedicto XVI— “ensanchar nuestros corazones para que en ellos quepa más amor”.

Debo terminar. Quiero hacerlo reproduciendo unas palabras de Ken Bain que vienen a resumir el sentido de su interesante libro:

“No puedo hacer más hincapié en la noción simple —pero magnífica— de que la clave para comprender la mejor docencia no se encuentra en reglas o prácticas concretas, sino en las actitudes de los profesores, en su fe en la capacidad de logro de sus estudiantes, en su predisposición a tomar en serio a sus estudiantes y a dejarlos que asuman el control sobre su propia educación, y en su compromiso en conseguir que todos los criterios y prácticas surjan de objetivos de aprendizaje básicos y del respeto y el acuerdo mutuo entre estudiantes y profesores” (p. 92).

 

 

 

Referencias:

[1] Manuel Losada, Revista de pensamiento actual Atlántida (1971), vol. IX, núm. 51 p. 9

[2] Bain, Ken (2005) Lo que hacen los mejores profesores de universidad. Traducido por Óscar Barberá. València, Publicacions de la Universitat de València, 2005 (1ª ed. inglesa 2004). ISBN: 978-84-370-6667-7

[3] Jaime Nubiola, NewsUIC, X aniversario, dic 2007, p. 2

[4]  V. Aupí Royo y R. Brines Lorente, Eduardo Primo Yúfera. La Investigación al Servicio de la Humanidad, 1994

 

 

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2 respuestas a Enseñar es muy difícil

  1. David dijo:

    Uno de los mejores libros que he leído sobre el arte de la docencia universitaria, pienso que debería ser manual de consulta obligado de todo profesor de UCV, adaptado a nuestro contexto, como es natural

  2. Pingback: No es lo mismo, además las energías son mayores (El regreso a clases) | Ing. RandyV²

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