Educar es profetizar

"las expectativas que el educador tiene sobre el educando {...} influyen directamente en su itinerario de desarrollo personal"

Todo educador, sea familiar, profesional o de otro tipo, ha de ser muy consciente de que su forma de actuar, sus palabras, sus gestos, sus actitudes, van a determinar en buena medida aquello que el educando va a ser. Las expectativas que el educador tiene sobre su pupilo, todo lo que quisiera ver realizado en él, pasan fácilmente de las intenciones a los hechos, alcanzando la conciencia del educando en forma de exigencia o proyecto de vida.

Cuando el Apóstol San Pablo, en su  “Himno del Amor”, afirma que “el amor todo lo cree” y “todo lo espera”, nos enseña algo de extrema importancia: lo primero, que Dios es así, nos ama así, creyendo en nosotros siempre, esperando de nosotros lo mejor siempre. La gente que nos conoce bien, si le decimos -“voy a cambiar, no lo haré más”, es corriente que ya no nos crea. “A mí no me engañas más veces  – suelen decirnos – , que ya te conozco”.

El hecho de conocernos, que es bueno, se puede volver contra nosotros y hacerse “malo” cuando ya no confiamos ni esperemos apenas nada de los demás. Dios, sin embargo, nos enseña que el amor, que Él mismo, siempre cree en nosotros. Es como un niño pequeño, que cree en lo que se le dice a pies juntillas. Si he cometido una burrada y le digo a Dios que no lo voy a hacer más, se lo cree. Porque el amor todo lo cree. Ese amor nos permite cambiar.

Es difícil que alguien mude de vida, conducta y actitud, o que progrese como persona si no tiene cerca a nadie que crea en él. Lo primero, que crea en sí mismo. Lo segundo, que alguien, para él valioso, crea en él. En mis treinta años de trabajo con menores con graves problemas psicosociales, he podido constatar hasta qué punto esto es verdad. Esos adolescentes, con carencias afectivas y baja autoestima, sólo cambian si crees en ellos de verdad.

Esto sucede porque las expectativas que el educador tiene sobre el educando, el nivel de logro que espera  ver alcanzado por su discípulo, influyen directamente en su itinerario de desarrollo personal. Tendemos a ser y a hacer aquello que percibimos que esperan de nosotros, aunque no nos lo digan de forma expresa. Porque intuimos que por ello vamos a ser más queridos, aceptados y valorados. Y porque la confianza ajena nos infunde ánimos y fuerzas.

Un niño que, tras desmontar un juguete, es calificado por sus padres como “manazas”, tenderá a serlo y, de seguir así, de mayor será torpe para los trabajos manuales. En cambio, si el mismo niño hubiese sido calificado de “manitas” a la vista de su desguace, es probable que si sigue recibiendo este tipo de mensajes se convierta en un adulto hábil para tareas manuales. Es lo que en Psicología se llama “profecías autocumplidas”, fenómeno muy conocido.

Padres y profesores, en la cotidianidad educativa, expresamos con harta frecuencia lo que esperamos que el niño vaya a ser, lo que nos gustaría que fuera, lo que creemos que llegará a ser. Continuamente hacemos “profecías” sobre su vida. Si profetizamos en positivo, inclinaremos su camino hacia lo positivo. Y viceversa. Todo educador debe cuidar en extremo las profecías que hace sobre sus discípulos, pues éstas les marcarán para siempre.

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2 respuestas a Educar es profetizar

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  2. Vicente Jiménez dijo:

    Eso es cierto. Conseguí que un alumno que se consideraba negado en matemáticas y con un considerable atraso se convirtiese en un águila a base de estimular lo que hacía bien.

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