¡Tenía células vivas!

Nos encontramos ante un gran reto: “saber realizar el paso del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia”[1]. El ser humano, si así lo hace, deja de entenderse a sí mismo al perder de vista la razón última de su ser.

Es necesario, por tanto, que acrecentemos en nuestros jóvenes alumnos la capacidad auditiva que les permita dejarse interpelar por la conciencia, ya que –como dice Benedicto XVI[2]- “una ciencia no puede decir quién es el hombre, de dónde viene o adónde va”.

Y, sin embargo, el hombre necesita responder a estas preguntas, a las que una verdadera educación no puede eludir. Un joven monje preguntó a uno anciano: “¿Por qué me desanimo continuamente?”.  Y respondió: “Porque no has visto todavía la meta. Es cierto, una pedagogía que no muestra la meta, es una pedagogía del desánimo.

Ayudemos a nuestros alumnos a retornar al interior, al corazón, a nuestro centro más íntimo e inviolable. “Retorna a tu conciencia, interrógala” –dice S. Agustín-.

El educando como fruto de este retorno alcanzará el fundamento de su ser, aquello que le hará feliz, el don de sí. Comprenderá que ha sido creado por el Amor para amar.

...

Lo ilustraré con un ejemplo sencillo de mi vida personal. Mi mujer y yo conservamos durante años una vieja puerta que adquirimos siendo novios en un anticuario. La puerta estaba recubierta por no pocas capas de pintura, además de faltarle la manivela y los cristales.  Nuestra ilusión por restaurarla se fue mitigando, con el paso del tiempo, por las mil ocupaciones de la vida diaria, el cuidado de los niños -pequeños entonces-, el trabajo, la preparación de las clases… La puerta cayó en el olvido, dormida en un trastero.

Ha sido ahora, al cambiarnos a una casa más pequeña, pues necesitamos menos espacio, cuando reapareció en escena la puerta. La tiramos, ¿dónde vamos con este trasto? –fue nuestra primera reacción-. Pero, ¿y si por fin nos decidiéramos a decaparla?

La fuimos desvistiendo capa tras capa de la pintura que la cubría hasta dar con la madera desnuda. Un carpintero nos instruyó: -tratadla ahora con suavidad, dadle aceite. Así lo hicimos. A los pocos días un nudo de la madera vomitó un grumo de resina que perfumó toda la casa. ¿Cómo es posible? – Porque tiene células vivas en su interior –nos dijo el carpintero.

Reparada la manija y encristalada, ha pasado a ser la puerta del comedor. Todos aquellos que se asoman a nuestro cuchitril, no dicen nada en especial de la casa pero sí de la puerta: – ¡Qué bonita la puerta! Estaba estropeada, pero sólo por fuera –contestamos-. ¡Tenía células vivas en su interior! También nuestro educando, tratado con dignidad y “una cierta reverencia” será capaz de exhalar el mejor aroma –la donación- de las células vivas de su corazón.

 



[1] Fides et ratio n. 83

[2] Discurso del 28/01/2008 a los participantes en el congreso “La identidad cambiante del individuo” organizado por la Academia de las Ciencias de París y por la Academia Pontificia de las Ciencias.

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Una respuesta a ¡Tenía células vivas!

  1. José Sáez dijo:

    Me sorprende encontrar en esta página algo más que consejos pedagógicos más o menos sabios. He encontrado ya varias veces contenidos que me han ayudado personalmente. Yo soy de los que se preguntan: "¿Por qué me desanimo continuamente?". No pocas veces me siento como muerto, sin vida interior. Este artículo me ha conducido a reencontrar dentro de mí esas células vivas que conforman la esperanza, la conciencia de una meta.

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