La Conciencia Moral (parte 1)

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A veces los educadores nos encontramos con problemas del alumnado que acude a nosotros pidiendo ayuda. A veces ese problema es de base esencialmente más trascendente y existencial. La duda que nos puede surgir a continuación es qué podemos hacer para ayudarle,  ¿dejarlo que actúe en conciencia? Pero claro, ¿qué es este “actuar en conciencia”?

Un análisis brillante de Ratzinger del año 1991 sobre la conciencia, titulado “Conciencia y Verdad”,[1]  nos anuncia el problema que ya percibió en sus años como docente universitario: ha ocurrido una supra-inversión con la definición de conciencia; y, por tanto, también ha ocurrido la inversión con el actuar en conciencia porque, o no existe la verdad o es muy pesado vivir con ella; esto es, lo que resultaba ser la apelación interior hacia la verdad y hacia lo universal, ahora es, más bien, una apelación a la subjetividad. De hecho, paradójicamente, varios altos cargos nazis declararon haber actuado en conciencia.

Puede ser clarificador dividir el problema en dos cuestiones que intentaremos responder: ¿Por qué se ha atrofiado esta capacidad auditiva dirigida a la verdad? Y la segunda,  ¿qué podemos hacer al respecto? Para la primera pregunta se necesita un breve recorrido histórico-filosófico; no obstante, sólo se propondrán algunas claves. Es, más bien, la segunda pregunta  en la que debemos hacer un esfuerzo por intentar responderla adecuadamente, de tal forma que pueda prestar ayuda de cara a los problemas planteados por los alumnos.

En cuanto a la primera pregunta, ¿por qué se ha atrofiado esta capacidad auditiva dirigida a la verdad?, podemos ofrecer tres puntos clave:

  1. El nacimiento de la ciencia moderna y el cientificismo contribuyen a la subjetividad porque: “(…) Se había llegado a reducir lo verdadero a lo verificable, encomendando todo lo demás al ámbito de lo subjetivo. Ahora bien, “todo lo demás” es, precisamente, la cuestión del valor, la cuestión del sentido… En definitiva, las cuestiones más importantes desde el punto de vista existencial.” (Husserl, cit. A. M. González, 2000: 19). Es decir que se relega la moral al plano de lo no comprobable –no se mide, no se pesa, no se cuantifica –y por tanto es una cuestión secundaria y de mera opinión individual.
  2. El subjetivismo es una postura atractiva. Sin embargo, su atractivo se basa en un error moral: se confunde el deber de acoger el pluralismo cultural – es decir, acoger el mínimo de justicia natural: “reconocer al otro en su alteridad” –con el hecho de estar obligado a aceptar cualquier proposición moral, diga lo que diga. Por supuesto, la pluriculturalidad ofrece riqueza – así como el tropiezo con nuestros cercanos pero diferentes seres humanos, sean de otra cultura o no. Esto también da a conocer ciertos valores que nos faltan, así como damos a conocer valores que faltan en otras culturas, para lo cual hace falta la sensibilidad objetiva; no obstante, esto no implica que todo sea válido o que sea correcta la siguiente proposición:  “yo lo veo así, y actúo en consecuencia”.[2]
  3. Lamentablemente, el subjetivismo contribuye también a una de las enfermedades espirituales creciente en Europa, y de consecuencias temibles, especialmente cuando la percibimos en la juventud (como veremos en el apartado II): la irreflexión y la falta de imaginación en cuestiones morales. Un ambiente propicio para la comodidad y a la pereza intelectual.

 

 



[1] Tomado del libro Ser cristiano en la era neopagana.

[2] Aquí se puede hablar de la existencia de culturas moralmente superiores a otras, no con la intención del menosprecio, sino para poder resaltar el respeto y la veneración hacia el ser persona, hombre o mujer. A modo de ejemplo, hay culturas que carecen de este respeto, y hay otras, como las culturas derivadas de la judeo-cristiana, que, por el contrario se encargan de sacar a la luz que la discriminación por diferencias biológicas o sociales es una falta: “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gál 3, 28). O también: “En cambio, honor y paz a todo el que obre el bien, al judío primeramente y también al griego; que no hay acepción de personas en Dios.” (Rom 2, 10-11).

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