La Conciencia Moral (parte 2)

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Trataremos a continuación de cómo enfrentarnos al problema postmoderno de la inversión de la conciencia moral; esto es, si recordamos, que lo  que resultaba ser la apelación interior hacia la verdad y hacia lo universal, ahora es, más bien, una apelación a la subjetividad. ¿Qué hacer al respecto? Para responder propondremos dos argumentos contra el subjetivismo.

Argumento socio-político. El filósofo Bernard Williams describe el relativismo cultural (actualmente inserto en el subjetivismo) como “La herejía de los antropólogos, posiblemente la idea más absurda que se haya defendido jamás en filosofía moral.”  (Williams, 1998: 33). La absurdidad se observa en la práctica: ser coherentes con el “yo lo veo así, aunque tú lo veas diferente” significa que si surgiera alguna clase de conflicto gordo con otra persona, no podríamos reclamarle nada. Si el subjetivista es coherente, entonces la actitud de indiferencia se apoderaría de él. Esto quiere decir que “Un hombre confrontado con una injusticia política monstruosa, por ejemplo, puede que desconfíe de protestar o de luchar contra ella, pues, dirá, ‘¿Quién puede juzgar?’ o ‘Se trata sólo de mis sentimientos frente a los de ellos’, o algo parecido”. (Williams, 1998: 39). La vida social, por tanto, sería un caos.

Argumento ético-antropológico. Éste se divide en dos. Primeramente, el alumno debe saber que puede lograr su vida, pero también malograrla. Si se insiste en el hecho que  una persona quiere vivir su vida “así” (“yo lo veo así”), como educadores, estamos ante la exigencia de advertirle que su vida la puede vivir pobre o plenamente. Puede que su conciencia sea sólo una moda social, entonces en este punto hace su entrada la reflexión, no como imposición, sino como mayéutica – aquello en lo que hacía hincapié Sócrates: ¿por qué creemos en lo que creemos? Las personas somos seres reflexivos pero esta capacidad puede adormecerse. De hecho, según la medida en que la reflexión se da en nuestra vida, existen tres tipos personajes.

  1. El reflexivo débil: pesa sus alternativas, consideradas homogéneas, en función de qué genera más placer, o qué apetece más. De tal forma que no sabe articular el orden de sus preferencias del todo bien.
  2. El reflexivo fuerte: esta reflexión invita a evaluar las opciones en función de la calidad, no de la cantidad, de tal forma que hay algunas superiores a otras llegando a utilizar el lenguaje de “esto vale la pena”. Articula sus preferencias en un marco cualitativo, donde sus deseos son altos o bajos, nobles o viles, etc.
  3. Existe también otro personaje: el wanton[1] ético, aquel que no cuestiona si su acción es maligna o beneficiosa o no está interesado en la verdad de sus actos.

Este último personaje genera cierta desconfianza, más que nada porque, a modo de ejemplo, el oficial nazi Eichmann fue uno de ellos. Decía actuar en conciencia porque obedecía la ley. Lo curioso es que  siendo consciente de todos los cargos imputables se declaró inocente. “Lo más grave del caso de Eichmann era precisamente que hubo muchos hombres como él y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales. (…) Este nuevo tipo de delincuente… comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que comete actos de maldad.” (Arendt 1979: 147).

Así pues, en la estela que deja la imaginación moral se puede seguir la voz de la conciencia. Pero esta conciencia manifestada muchas veces en sentimientos de culpa puede apagarse, como hemos visto. Por eso, el dolor de la culpa es bueno, indica que algo no va bien, signo de que las emociones superiores tienen también un lado racional. Así como el vivir en el engaño contribuye a la deformación de la conciencia, la falta de reflexión o introspección contribuye  la anulación de la misma. No siendo suficiente, esta dejación del pensamiento es ya culpable. Acallar los sentimientos de culpa también puede suceder a través del autoengaño– falsificación individual voluntaria de la realidad o a través de la ideología – falsificación social voluntaria de la realidad -, dos faltas graves contra la prudencia.[2]

Por último, la reflexión es importante también para extraer lo que de valioso ofrece la vida y a su vez, darse cuenta de la armonía entre lo valioso y nuestras inclinaciones naturales (ley natural). Estas inclinaciones hay que educarlas y reconducirlas, puesto que hay  potencias que alimentan nuestro ser porque lo conservan, pero cuando se desordenan también lo destruyen de una forma abrumadora. Por eso es importante tener un estilo de vida con buenos hábitos. Según Michael Stocker, “Que haya armonía entre lo que a uno le preocupa y lo que uno piensa que es bueno es un signo de vida buena. Esto nos provee de una razón para ver el por qué es preferible amar lo que vale la pena amar.”

A modo de conclusión y para abrirnos a la esperanza, si nos resulta muy pesada la voz de la conciencia o pensamos que convivir con la verdad es una carga muy dura de llevar, tenemos una buena noticia, y esta es la novedad de la fe cristiana: “El yugo de la verdad se ha hecho blando (Mt 11, 30), cuando la Verdad ha llegado nos ha amado y ha quemado nuestras culpas en su amor.” (Ratzinger 2006: 50).

 

 

 

Referencias:

  • Arendt, H.: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen 1999, Barcelona.
  • Frankfurt, H.: The Importance of What We Care About, Cambridge 2007, Cambridge University Press.
  • Piepper, J.: Las Virtudes fundamentaels, Rialp 1997, Madrid.
  • Ratzinger, J.: Ser cristiano en la era neopagana. Encuentro 2006, Madrid.
  • Spaemann, R.: Ética: cuestiones fundamentales. Eunsa 2007, Pamplona.

 


[1] Wanton: término de difícil traducción (caprichoso), acuñado por el filósofo Harry Frankfurt.

[2] Piepper en su libro Las virtudes fundamentales menciona la autosugestión y la ideología como los pecados cometidos contra la prudencia.

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