Si no entiendes esta historia es que no sabes de amor

Dietrich von Hildebrand, filósofo y teólogo católico alemán

La recíproca pertenencia en que consiste la entrega conyugal ha sido expresada con gran belleza lírica en el Cantar de los Cantares: Huerto cerrado eres hermana mía, esposa mía, huerto cerrado, fuente sellada (Ct 4, 12). Cada uno alcanza el centro más íntimo del otro.

Este acercamiento al centro más íntimo del otro implica una actitud “contemplativa” y hace nacer un sentimiento de profunda gratitud, que hace la existencia más auténtica. Como afirma Hildebrand “el hombre verdaderamente despierto, frente al embotado es aquél cuya vida está impregnada por el agradecimiento”[1].

Es por la alegría de esta copertenencia gratuita por lo que  K. Wojtyla dice[2] que se da un temor del “contacto” característico de los verdaderos amantes. Un bellísimo relato jasídico habla de una joven esposa cuya estrategia consistía en “no besar a su esposo”:

Él no cesaba de mirarme, pero yo bajaba los ojos mientras mi corazón se encendía de amor. Aquel día mi corazón estallaba. Me subía una llama desde las entrañas que me gritaba: – Míralo. ¡Abrázalo! Y yo me cubrí el rostro con las manos y lo miré a través de los dedos. No quería que muriese aquel instante y se agotara mi amor en un abrazo. No, daré un beso eterno que dure siempre. Y lo daré despacio para que no se me acabe.

Me daba la sensación de que aquel gozo era frágil, suave, delicado, y una brusca maniobra me podía dejar vacía de amor. Lo miré a través de los dedos. Lo miré de reojo. Lo miré cuando él se distrajo y en aquellos momentos era mío. Él se levantó de la mesa y daba vueltas por la sala tratando de acercarse y quedarse a solas conmigo. Yo también deseaba lo mismo. Me moría de ganas. ¡Ah, cómo lo hubiera abrazado, besado, acariciado…! Pero no. Mi estrategia era firme y además funcionaba.

La noche antes de su partida motivada por un asunto de su trabajo, me encontró en el patio. Los dos habíamos salido a tomar el aire fresco. Me abrazó, me apretó contra sí, me besó. Y yo me dejé besar, sí, pero no le besé. Yo le miraba, y tanto le miraba, que la contemplación de nuestras miradas nos conmocionó y acabamos llorando y suspirando de alegría. ¡Existe! ¡El otro existe!

Esta incursión a los estratos más profundos del otro –a su interioridad- se prepara cultivando en el educando la virtud de la castidad. Castidad y gratitud van parejas. Quien no entiende esta historia es que no sabe de amor.

 

 


[1] En su ensayo La gratitud.

[2] En Amor y Responsabilidad.

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2 respuestas a Si no entiendes esta historia es que no sabes de amor

  1. Antonio Ramón dijo:

    Con Agustín aún en las retinas, después del V congreso, la educación en necesaria emergencia caritativa más que educativa, se verá correspondida por la generosidad y gratitud que nace en las fuentes del amor verdadero.

  2. Javier Aznar dijo:

    Qué belleza de texto, me ha hecho reflexionar seriamente; educart la capacidad de mirar al otro antes que perderlo en el abrazo efímero y presuntamente "egoista".-

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