Conclusiones del V Congreso de Educación Católica

La celebración de este Congreso ha constituido una ocasión excepcional para sumergirnos y “quedar afectados” por la experiencia de S. Agustín, su persona  y su doctrina pedagógica. Mucho más, por tanto, que arrancar algunas ideas que se olvidan pronto. Es nuestro deseo que haya cumplido además, como decía la última ponencia, una dimensión protréptica (exhortativa) que lleve a quienes hemos participado a leer o releer Las Confesiones.

S. Agustín muestra en esta obra, joya de la literatura cristiana, el método para acceder al educando de hoy: Mostrar los hechos concretos de la propia existencia. No elabora un discurso moral teórico. La fuente de su pedagogía fue su propia experiencia.

Diez reflexiones a modo de conclusión

  1. A diferencia de la paideia clásica que presenta grandes narraciones épicas de las que posteriormente habremos de extraer conclusiones morales, para la pedagogía cristiana la historia tiene un peso en sí misma. Nuestro objetivo es insertar al educando en la Historia de Salvación que le transformará, ayudarle a asumir su propia historia de la mano de la Historia de la Salvación que es su paradigma.Dios ha querido manifestarle al hombre su amor (“Dios está siempre con el hombre aunque el hombre no esté con él”). La historia personal es una historia del amor de Dios. Introducir en el amor al educando es, por tanto, introducirlo en la historia.En este sentido, importa enseñarle que la vida no es un videojuego que se puede borrar, cada acontecimiento escribe un trazo de nuestra biografía.
  2. ¿Qué debemos enseñar? La Palabra de Dios. S. Agustín relee la Escritura y especialmente a S. Pablo en el momento crucial de su conversión tras escuchar al obispo Ambrosio en Milán. Dedicaba mucho tiempo al estudio de la Escritura. “Amaba lo que enseñaba y enseñaba lo que amaba”.
  3. La elocuencia de la vidaes superior a la de los discursos. El maestro educa con su “forma vitae”. De hecho S. Agustín se refiere despectivamente a su época de retórico como aquel tiempo  “… cuando vendía palabras”.
  4. La amistad–que es un amor de alma a alma- vale mucho para el bien. S. Agustín nunca estuvo solo. El pedagogo cristiano puede ayudar al educando a elegir sus amistades. Sólo quien ha conocido la Verdad puede ser un verdadero amigo, que querrá el bien del otro más que su afecto. Por eso dice S. Agustín que “la amistad tiene como contenido a Dios”.Todos somos llevados por un amor –el amor es el “peso” del alma-, aquél que domina nuestro ser. “El amor adecuadamente ordenado –o caridad- es la más grande de todas las ciencias”. Alcanzar esta “cáritas” es el objetivo último de la educación cristiana: la superación del egocentrismo.
  5. S. Agustín muestra cómo conjugar el par autonomía/heteronomía. La persona es radicalmente abierta. El pecado es una “cerrazón” que, reprimiendo esa radical apertura que le es propia, hace al ser humano extraño a sí mismo. El hombre debe desear hacerse receptor de la gracia para recuperar así su relacionalidad, su apertura a los otros. El otro es “otro” incontenible, inabarcable, que “debe ser reconocido”; el otro, distinto de mí, simboliza al Otro.A S. Agustín la heteronomía de la gracia le curó hasta el punto de decir como S. Pablo, “yo, pero ya no yo, sino Cristo que vive en mí”.
  6. Si no aceptamos la reciprocidad asimétrica de la relación educativa (de modo que convertimos al padre en mero “amigo”, al maestro en “colega”, etc.), ésta queda cuestionada de raíz. El amor es justamente “capacidad de inclusión asimétrica”. Desde la óptica pedagógica cristiana, la relación educativa queda salvaguardada de la tentación de dominio porque siempre se educa de manera “ternaria”. En realidad, un hombre no puede ser maestro de otro hombre. Todos somos alumnos de un solo Maestro. Este desnivel metafísico es la garantía de que la vinculación maestro-alumno sea adecuada, ya que se establece en orden a Cristo.Esto implica que el maestro ha de orar antes de la clase por sí mismo y por el oyente. Decía S. Agustín: “Si el Espíritu Santo no enseña, el oyente volverá a casa sin ser enseñado”.
  7. La tradición (de trado: entregar) es algo vivo. Está el que entrega y el que recibe. Antes que renunciar a la tradición no haciendo entrega de nada, debemos recuperar la tradición en nuestras aulas mediante una dinámica hermenéutica comunicativa. No tener miedo al diálogo con el hombre de hoy. S. Agustín buscó respuestas con sentido en diálogo con el contexto.
  8. Destaquemos la importancia de la memoria. La dimensión diacrónica del proceso educativo requiere el ejercicio de la memoria. Esto hace que lo vivido no se pulverice en una sucesión de experiencias. Nuestra identidad es narrativa. La renuncia, por tanto, a la narración en aras de la “pantallocracia” al uso, lleva consigo la diseminación del sentido.– No puede perder en la educación su lugar central  la oralidad (a la persona que amamos, no le pedimos que nos “enseñe” cosas, sino que nos “diga algo”). También es importante la linealidad de la exposición (que se siga claramente el hilo), así como justificar la importancia de lo que afirmamos.
  9. Los grandes educadores miran lejos (ven posibilidades más allá de lo fáctico). Apuestan por el futuro. No sólo “hay lo que hay”, según el slogan de la época postmoderna –desesperada precisamente porque vive “pegada al presente”-. La visión pedagógica cristiana nos hace ver que hasta del mal, Dios sacará el bien. Por eso, el educador cristiano cree irrenunciablemente en la posibilidad del educando de cambiar a mejor.
  10. En cuanto al educando, S. Agustín insiste en la necesidad de averiguar la situación real de cada oyente durante todo el proceso y “no dar a todos la misma medicina”. En cuanto al educador, debe estar atento a sus problemas de transmisión, pues su psicología, su estado de ánimo, su confianza en sí mismo, todo ello modulará la relación educativa. Llama la atención la importancia que S. Agustín da a la alegría (hilaritas) del maestro, que ciertamente depende de la misericordia de Dios, pero que, sin duda, influirá en nuestras palabras y éstas afectarán al oyente. Entre las posibles causas de la tristeza del que enseña, señala la de “haber tenido que abandonar un trabajo” y da el antídoto: “¿es que tú sabes lo que es más urgente?” Debemos posponer nuestro criterio al criterio de Dios y no perder la conciencia de nuestra propia indignidad: “tampoco a mí me agradan casi nunca mis discursos –decía-“.

 

La formación es, en suma, según S. Agustín, “personal” (determinada por las cualidades del alumno) y “dialogal” (cara a cara).

Juan Pablo II (Carta Apostólica Agustinum Hipponensem) afirmaba que S. Agustín diría al hombre de hoy: “A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad”. Éste puede ser su mensaje al hombre postmoderno: es posible encontrar la verdad. La vida de S.Agustín se alza como una auténtica respuesta para nuestra época ya que fue un buscador humilde y obstinado de la Verdad y la felicidad más aún que un “defensor de la ortodoxia”.

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