Valores teatrales para el aula: disciplina, comunión y sacrificio.

El teatro y el aula comparten muchas características. Se ha escrito mucho sobre ello: hablamos de los roles de docente y discente, del espacio del aula, de prácticas en el aula, que no son más que ensayos, de guiones de clase, usamos incluso música e iluminaciones especiales, proyecciones y un largo etcétera de recursos cada vez más «espectaculares».

Además el docente ha de prepararse como un actor: dominar la escena, controlar la dicción… y también dirigir al resto de actores. En determinadas metodologías el docente deja de hacer el papel protagonista y pasa a ser el director de escena, dejando los papeles protagonistas a los alumnos, dirigiéndolos para sacar lo mejor de sus «actuaciones». No es un docente que deja que los actores/alumnos tomen la escena a su antojo, en una especie de improvisación anárquica que no lleva a ninguna parte. Hasta las actuaciones que parecen menos preparadas –esas aparentes improvisaciones de los teatros modernos– requieren una larga preparación por parte de los actores. Hay reglas que no se pueden olvidar y esto los actores lo saben muy bien. La palabra disciplina en el mundo del teatro es fundamental. Como debería serlo en educación.

La disciplina teatral puede ser un excelente ejemplo de lo que debería ser la disciplina educativa. Con disciplina un actor aprende de memoria un texto. Con disciplina, prepara su cuerpo, lo educa para actuar como su personaje le pide que actúe. Con disciplina el actor (y el director, y el tramoyista, y el técnico de luces, y la modista) miran siempre al otro, al compañero, para servirlo, para ayudarlo, para hacer que el espectáculo siga adelante. Hablar aquí de comunión supondría un exceso sino fuera porque quien ha trabajado en teatro sabe que puede darse… o no darse. Pues bien, en el aula sucede lo mismo: hay una disciplina que conduce a una cierta comunión educativa. ¿O acaso no hablamos de comunidad educativa? Al hablar de comunidad remitimos etimológicamente a comunión: comunión entre discípulos y maestros, entre maestros, entre familias y centros. La disciplina, esa disciplina teatral de la que hablamos, nos compete a todos y constituye una suerte de violencia que hemos de hacernos, de sacrificio –llamémoslo por su nombre– por el otro: el alumno, el profesor, el padre o la madre, el centro.

Y es que en teatro lo fundamental es el conflicto, la violencia. Ignacio Amestoy, Premio Nacional de Teatro nos lo recordaba hace unos años en el Congreso de Teatro y Educación que se celebró en nuestra universidad. El conflicto es ese enfrentamiento violento entre dos o más personajes. Aquellos de nosotros que hemos tenido la suerte de disfrutar leyendo a los clásicos de nuestro teatro áureo y de los teatros europeos, a Lope, a Calderón, a Racine, Corneille, Molière y al gran Shakespeare, sabemos que a veces moría hasta el apuntador. Aunque menores que las de este teatro–no siempre: pensemos en la tragedia de la Columbine High School– la violencia en el aula tiene mucho de conflicto teatral: unos se enfrentan a otros defendiendo cierto honor generacional –juventudes incomprendidas–, por ofensas públicas –¡ay, las redes sociales!– o simplemente porque la anarquía, la falta de disciplina, campa a sus anchas en el escenario escolar.

¿Qué solución se nos ofrece si seguimos está reflexión desde el teatro, además de la disciplina, de la comunión como principio fundamental en la construcción de cualquier comunidad educativa? Una última y sola violencia: la del maestro que deja de ser para que sus alumnos sean. La del alumno que deja de ser para que el maestro pueda ser. La de la familia que deja que maestros y centros pueda educar, and last but not least la de maestros y centros que permiten que la familia también –¡y sobre todo!– eduque. Esta perfecta comunión puede parece utópica. Lo es. Pero estamos llamados a cumplirla aquí y ahora, cada día, en nuestra labor como maestros, como alumnos, como padres y madres. Benedicto XVI habla en Caritas in veritate de la gran familia humana. El teatro siempre ha sido una profesión familiar (muchas compañías tienen orígenes y estructuras familiares, sobre todo en la Edad Media y en el siglo áureo). Ojalá podamos hablar pronto de una familia educativa, en la que la disciplina no sea una palabra fea sino el principio de la perfecta comunión.

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