Preguntas de los alumnos sobre el mal (1 de 2)

Queridos compañeros:

Me llamo Gracia y doy clase de Psicología Fisiológica en segundo curso de Psicología. Este año tengo dos grupos muy interesantes. Quiero compartir con vosotros una pequeña experiencia pero a la vez profunda.

Todos los días los alumnos preguntan, yo les animo a ello, porque un alumno que no pregunta aprende poco. Si hay un período de tiempo propio del “preguntar” es precisamente la época en la que uno estudia. Hay que preguntar para aprender a dar buenas respuestas.

Hoy me  han hecho una pregunta  cuya respuesta me ha ocupado casi el tiempo entero de la clase, es más, he pensado trasladarla a un especialista en ciencia especulativa para que la responda para todos los jóvenes, los más posibles. Se la he preguntado al doctor en filosofía D. Eduardo Ortiz.

La pregunta me la ha hecho Amalia y ciertamente que venía a cuento. Estábamos repasando y dialogando sobre el lóbulo frontal, en concreto sobre la parte prefrontal, parte profundamente humana, que controla nuestras acciones y sus consecuencias entre otras funciones primordiales en la persona.

La pregunta en cuestión es: ¿hay hombres malos?, y concretando, ¿el hombre es malo por naturaleza o bueno por naturaleza?

En clase se abrió un debate casi de corazón a corazón, una parte  de los alumnos se agrupaban en el “no sabe, no contesta”, otros en “el hombre es bueno, la sociedad lo hace malo” y otros “se decide por consenso”.

Esta pregunta, y otras relacionadas con ella, se las hemos planteado en forma de entrevista al profesor Ortiz. Esperamos que estas respuestas os sean útiles.


 

¿Hay hombres malos?, ¿es el hombre malo?

Es difícil responder afirmativamente, sin más precisiones, a esta pregunta. Es cierto que hay actos malvados en el mundo: ahí están buena parte de las noticias que nos ponen delante todos los días los medios de comunicación. Según todos los analistas, acabamos de dejar atrás el siglo más sanguinario de la historia de la humanidad, el siglo XX (guerras mundiales, campos de concentración y de exterminio, colonialismo salvaje, explotación desmesurada de la naturaleza…). En él hemos asistido, sobre todo con el genocidio del pueblo judío, a una extensión peculiar del mal radical. Es la tesis de Hanna Arendt, quien en su libro Eichmann en Jerusalén (1963) introdujo la noción de la banalidad del mal: el horror de los campos de exterminio descansaba en el funcionamiento ordenado de una máquina burocrática, diseñada por los dirigentes nazis y compuesta por individuos que trabajaban a sus órdenes sin problemas de conciencia, es decir, con una conciencia cauterizada. ¿Cómo ha podido Occidente llegar a hacer algo semejante? Pero es que a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) antecedió ya una Primera Guerra Mundial (1914-1918) y una Guerra Civil en una de las naciones europeas de más solera (la Guerra Civil española, 1936-1939). A ello habría que añadir las purgas de Stalin y otras conflagraciones y conflictos más recientes, que ya vemos por televisión desde nuestro sofá[1]. No podemos dejar de buscar una respuesta completa a nuestro siglo XX.

Sin embargo, por necesario que sea, repasar la hueste de barbaridades puede invitarnos a  echar balones fuera en la cuestión del mal: los nazis, los comunistas, los terroristas, los que detentan el poder absoluto…¡ellos y quienes les acompañan son los malos! ¿Y los que no formamos parte de esa gente?, ¿podemos recoger ya nuestro “certificado de buena conducta”? Como sabemos, nosotros mismos actuamos mal no pocas veces. Todavía más, de vez en cuando, nos asaltan tanto malos deseos como emociones y sentimientos que no se corresponden con la situación existencial que estamos viviendo. Así, referido a esto último, no es infrecuente que nos alegremos del mal ajeno o que nos entristezca la alegría que acompaña al éxito de los demás. No nos engañemos: “las trazas del corazón humano son malas desde su niñez” (Gn 8, 21). Como dicen  los teólogos católicos, el hombre es causa de su pecado[2]. En suma, el mal existe tanto a nivel colectivo como a nivel individual.

No obstante, afirmar que “el hombre es malo” es, desde el punto de vista ontológico, demasiado. Recordemos, la ontología estudia qué tipos de individuos u objetos hay en el mundo. Entre ellos estamos las personas humanas. Y para atribuir el mal, sin más adjetivos, al ser humano, éste habría de ser más de lo que es. Los clásicos, Platón por ejemplo, solían decir que el hombre es un ser intermedio entre los dioses y los animales. Postular que el hombre es malo, sin más, sería creerlo demasiado capaz. El ser humano es una criatura, fuerte y a la vez débil, tan inteligente como torpe, tan potente como vulnerable. El mal es una realidad demasiado abrumadora, demasiado grande como para predicarla o atribuirla sin matices a cada uno de nosotros. Por esa misma razón, nos resistimos también a decir que “el hombre es bueno”. Ni lo uno ni lo otro. Ni bueno sin más ni malo sin más.

Es evidente que el hombre, cada hombre, dotado cuando nace de un notable equipamiento genético, mejora o empeora a través de sus acciones. En efecto, actuamos bien o mal, mejor o peor, y eso nos va convirtiendo en una persona de un determinado tipo. En este sentido, un gran pensador escribió que, a través de nuestras acciones, nos convertimos en padres de nosotros mismos.

(Continua en la siguiente reflexión…)


[1] Según el filósofo Jean Baudrillard (El intercambio simbólico y la muerte (1980), La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos (1997)), los mass media han conseguido borrar la frontera entre lo real y lo imaginario (la hiperrealidad, caractrizada por la simulación y la virtualidad). Los acontecimientos reales se convierten en espectáculo, lo que dificulta el acceso a su realidad. Gracias a nuestras pantallas, creemos llegar a todo, estar en contacto con todos, pero, sencillamente, eso no es así.

[2] Charles Journet, El mal. Estudio Teológico, Madrid, Rialp, 1965, 164.

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Una respuesta a Preguntas de los alumnos sobre el mal (1 de 2)

  1. Carlos Martínez dijo:

    La visión del mal que tiene el racionalismo, confrontada a la imago hominis del pensamiento cristiano, y aplicada a la educación, tiene su raíz en una ignorancia antropológica: el desconocimiento del estado actual de perversión de la naturaleza humana por efectos de la caída original. Esta caída marca la condición existencial del hombre, leída cristianamente.

    El hombre trae al nacer tendencias contrarias a su perfección como hombre, inclinaciones que le degradan y revelan una naturaleza enferma. El hecho de la inclinación al mal es innegable, cualquiera que sea la causa que señalen a esta inclinación los que no admiten el dogma católico del pecado original. A partir, pues, de la realidad de este hecho, una de las leyes supremas de la educación ha de ser combatir esas inclinaciones del apetito inferior, que constituyen el obstáculo permanente al perfeccionamiento del hombre; otra de las leyes ha de ser, obviamente, impulsar el desarrollo de los instintos superiores y más nobles del alma, dando generosa expansión a sus aspiraciones. Sin embargo, el racionalismo, en la educación, vivía del célebre aserto de Rousseau: “Todo es perfecto al salir de las manos del Creador y todo degenera en manos de los hombres”. La escuela racionalista, buscando en el niño la impronta del “buen salvaje” roussoniano veía en la enseñanza de la Religión y la aplicación de las virtudes morales un artificio social impuesto al niño que, como individuo, podía libremente mantener (o no) la relación con su Creador, y podía libremente elegir lo que estaba bien o lo que estaba mal. ¡Cuántas veces no habremos escuchado en la pedagogía moderna clamar contra el valor moral del esfuerzo, de la concentración, del sacrificio personal, del silencio, de la abnegación…!

    La falacia antropológica es evidente. Por el lado que la educación mira a la represión de los malos instintos, el hombre (el niño) necesita para obrar el bien estímulos tan poderosos como son los que le incitan a obrar el mal, y esos estímulos solamente la Religión (la relación con Dios, suprema Bondad y Amor) los ofrece.

    Por el otro lado, que es la expansión de las aspiraciones más elevadas del alma y de las necesidades legítimas de la vida, no hay necesidad más legítima y más profunda, ni aspiración más elevada y vehemente del ser humano que la necesidad de Dios (el anhelo del alma que aspira a lo infinito). De ahí que el hombre (el niño) es, de natural, más que bueno o malo, religioso, y la educación que no trabaja en estos primeros años de niñez y juventud, cuando el pecado aún no lo ha manchado completamente, falsea su objeto, y hiere, aun más que el pecado original, su vida moral.

    Esta ignorancia antropológica (la negación del pecado original) es, en Teología Sacramental, la misma causa para oponerse al paidobautismo. Los pedagogos racionalistas partían del principio sentado por Rousseau de que la educación no debe influir por modo alguno, doctrinal y dogmático, en la vida intelectual, moral y religiosa del hombre. Al educando no se le debía dar enseñanza alguna religiosa ni moral, a fin de dejarle en estado de escoger más adelante, libre de toda preocupación, aquella moral y aquella religión que hubieran de dirigir su conciencia.

    Pero es absurdo pretender que un joven elija entre cosas que no conoce, elegir a Dios sin haber jamás oído hablar de Dios; es absurdo intimarle esta elección en nombre de la razón y de la conciencia cuando ésta no ha sido formada en él, y a su razón no se le ha dado el punto de apoyo necesario para que pueda discurrir. Quizá sea la contribución (siempre modesta) a la recta formación de la conciencia personal de nuestros educandos la labor principal de los educadores católicos, pues es allí, en ese lugar íntimo de encuentro del hombre con Dios, donde el Espíritu Santo, Supremo Amor, nos enseña no sólo el bien y el mal, sino nuestra verdadera naturaleza.

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