Preguntas de los alumnos sobre el mal (2 de 2)

(…termina el post anterior)

Hay algo más: cuando evaluamos el comportamiento de los demás o el nuestro (“esto que ha hecho tal persona (o yo) está bien, mal, etc”), tenemos—seamos conscientes o no—un estándar o modelo en virtud del cual hacemos esas evaluaciones o valoraciones. Hemos asumido ese modelo en nuestros primeros años de vida. Al admirar ese modelo (padres, maestros, tutores y, para el creyente, Jesucristo mismo) participamos del mismo. La referida admiración conlleva imitación de sus actitudes, actos…, un diálogo explícito o implícito con él. La dependencia del modelo es extrema en nuestra infancia. El modelo puede cambiar a lo largo de nuestra vida. Podemos hablar de modelos, en plural. Pero, de un modo u otro, ser persona humana es tener uno u otro modelo personal gracias al cual uno se ha convertido en la persona que es. Con el modelo se dialoga, con él se mide uno, a partir de él valoramos o evaluamos a los demás y a nosotros mismos.

A partir de esa dependencia surgirá con el tiempo un ser humano independiente. Pero, nos lo parezca o no, esa independencia—la propia de un ser humano adulto—sería siempre relativa, no absoluta. Las personas humanas somos seres relacionales, referidos a otros con los que dialogamos, nos medimos, a partir de los cuales evaluamos a los demás y a nosotros mismos. A la vez, nada de esto elimina nuestra identidad personal o (relativa) independencia.

Un ser humano adulto es, en condiciones normales, libre. A él se le atribuye la bondad o maldad de sus acciones. Es por tanto responsable. Claro que, su libertad y responsabilidad son condicionadas, relativas, no absolutas. Nuestra libertad y responsabilidad están condicionadas por tener una naturaleza humana, la cual es dada, recibida de otros. Se trata de esos otros que nos han concebido y educado (nuestros modelos). Entre ellos, digámoslo de nuevo, están nuestros progenitores y maestros. Y, también, antes que ningún otro, Dios. La relación con Dios constituye el estrato más profundo de nuestra identidad personal. El diálogo con Él, la relación con Él, nos hace participar de Su naturaleza. Tal relación tiene lugar de modo verbal y no verbal. En la liturgia, en la escucha de Su Palabra, en los acontecimientos que enhebran nuestras vidas. Él no es sin embargo el único personaje del drama que conforma nuestra existencia. Están, ya lo hemos advertido, nuestros progenitores y maestros, nuestros amigos (más o menos decisivos para nosotros, cuanto más o menos intensa es nuestra relación con ellos).

Entre los  personajes del entramado de nuestras vidas, hay uno que nos incita a curvarnos sobre nosotros mismos, a sumirnos en nuestras tristezas y lamentos, en nuestras quejas. Él es el origen último de la ilusión que tenemos los hombres de poseer una autonomía absoluta, especialmente en el ámbito moral. Él nos lleva a imaginar que somos nosotros los que hemos de decidir lo que está bien y lo que está mal…¡como si antes de nosotros no hubiera habido naturaleza e historia!, ¡como si no hubiéramos aparecido en este mundo fruto del amor de otros y eso no fuera una preciosa indicación acerca de qué somos y cómo hemos de comportarnos! En suma, ¡como si cada uno de nosotros hubiera aparecido en el punto cero  de la historia de la humanidad, es decir, como si nosotros –criaturas—fuéramos lo que no somos—Dios–! El engaño es letal. Escuchar esta voz y asentir a ella nos arruina. Es la voz del mal [1]. Tras acogerla, nuestras relaciones con Dios, con los demás y con nosotros mismos, se ven profundamente cambiadas. Respecto al primero, no existe: ahora, ¡yo soy Dios! Por lo que se refiere a los segundos, ellos han de hacer mi voluntad, han de girar en torno a mí. Su oposición a mí, cuando ocurre, me resulta sencillamente insoportable. Por último, la relación conmigo mismo también resulta poderosamente modificada. Ya no me experimento como uno más. Estoy ebrio de mí mismo: de mi voluntad, de mis planes y proyectos…, hasta de mis fracasos y tristezas. Nada es más importante que yo. Si algo tengo, si algo he conquistado, es a mí mismo. Aun estando con otros, yo seré mi principal cuidado. Aquí está la raíz de todo el mal de que somos capaces. Como se ve, no es exactamente en nosotros donde nace el mal. No somos tan grandes como para idear un nivel de autoafirmación semejante. Somos criaturas. Nuestra precariedad es demasiado patente. Pero, eso sí, acoger esa voz a que nos estamos refiriendo ahora, depende de nosotros. Y si escuchar la voz de Dios y participar de Sus sugerencias e inspiraciones, no nos obliga, pero nos inclina a hacer el bien, escuchar la voz del mal y asentir a sus inspiraciones, no nos obliga, pero nos inclina a hacer el mal [2]. A partir de ahí, nos toca ya a cada uno de nosotros: elegimos hacer A o B, esto o lo otro…De modo que lo fascinante y lo tremendo de la existencia humana es que, recordémoslo, somos libres. Podemos ahondar en uno u otra relación, en uno u otro diálogo. Ello nos va asimilando al Bien o al mal. Esa asimilación se llama acción. Seremos juzgados por nuestras acciones. “Obras son amores y no buenas razones”, dice un célebre refrán castellano. Ahí, en la acción es donde se muestra la persona, cada uno de nosotros. Más que a través de nuestros pensamientos y deseos, más que a través de nuestras voliciones y emociones o sentimientos, es mediante nuestras acciones como vamos configurando nuestras personalidades y nos vamos convirtiendo en un tipo u otro de persona: no absolutamente buena (como propuso Rousseau) o absolutamente mala (como creyó Lutero). Eso está por encima de nuestras posibilidades, como criaturas que somos. Pero sí más o menos buena, más o menos mala.



[1] “El primer desgarrón del mundo se produce en los cielos, por la división de los ángeles”, Charles Journet, El mal. Estudio Teológico, op.cit., 243.

[2] El cual se nos presenta siempre como un bien. Pero es tan sólo un bien aparente, un bien que, a la hora de la verdad, no es tal bien. Este aspecto es revelador respecto a nuestra humana naturaleza. Ésta, en efecto, no puede sentirse atraída sino por lo bueno. De ahí que, desde un punto de vista ontológico, el bien tenga más realidad que el mal. Es lo que San Agustín y otros han reconocido al postular que el mal no es más que una privación de bien. El  fundamento último de esto se encuentra en la Creación: la naturaleza, la vida, es un don o bien recibido de Alguien. Un reflejo de ello está precisamente en el nacimiento, en condiciones normales, de cada ser humano.

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