Más preguntas de los alumnos (2 de 2)

» ¿Qué requisitos ha de tener un acto para que sea malo (pecado mortal)?, ¿qué diferencia tiene con uno leve (pecado venial)?

Para que un acto humano (voluntario, libre) sea malo (pecado mortal), hacen falta tres requisitos: que el objeto del acto (lo que la persona eligió hacer: darse un baño, estudiar las neuronas, dar una limosna, sustraer un bien ajeno –un coche, por ejemplo–) sea materia grave (los diez mandamientos precisan la materia grave). En segundo lugar, el acto ha de llevarse a cabo con conocimiento pleno. Por último, al acto en cuestión lo acompaña un consentimiento deliberado.

Se lleva a cabo un acto levemente malo (pecado venial), cuando al actuar mal, no se satisface uno o varios de los requisitos anteriores.

Pecado Original y Expulsión del Paraíso terrenal, Miguel Ángel

» El sistema cristiano de creencias, ¿da respuesta a la realidad del joven postmoderno?

De nuevo he de referirme a la extensa contestación dada a la primera cuestión. No sé hacerlo de otra manera. Una cuestión como aquella no podía ventilarse en dos o tres frases.

Y de esa larga respuesta se sigue la que me parece oportuna para esta pregunta…Por supuesto que el sistema cristiano de creencias responde a las inquietudes del joven postmoderno. Es en realidad la respuesta a las preguntas de cualquier hombre—joven o adulto, moderno o postmoderno.

Se ha dicho que una de las características del hombre postmoderno es el deseo de vivir en la superficie de la realidad, sin hacerse determinadas preguntas—como éstas que estamos intentando responder. Esa pretensión equivale a esconder la cabeza bajo la tierra, como hacen los avestruces. Es una automutilación de la naturaleza humana.  Un ser humano que toma en serio su condición de tal, no puede dejar de plantearse preguntas como éstas. Ellas forman parte de las preguntas más humanas.

¿Y las respuestas? En realidad, nuestras vidas son respuestas, más o menos conscientes, a preguntas como la de si el hombre es bueno o malo. Apostando por no ahondar más allá de su epidermis, el postmoderno trata de no tomar partido ni por el bien ni por el mal. Pero ese no tomar partido es ya tomar partido. Y, desde luego, el partido tomado no es a favor del bien.

Quizá sea que nos asustan las grandes palabras (“bien”, “mal”…). De acuerdo. Pero en esa parte importante de nuestras vidas que es el conjunto de nuestros actos libres y voluntarios, o progresamos o retrocedemos…en mayor o menor medida, porque no podemos dejar de reconocer que el bien y el mal tienen grados, o actuamos bien o actuamos mal.

Y ahora quisiera reforzar esta idea dando un paso adelante: uno de los efectos del mal en quien lo practica y, sobre todo, no se arrepiente sino que más bien se instala en él, es la opacidad. Las heridas de nuestra afectividad y especialmente de nuestra voluntad (a través de ella elegimos hacer una cosa u otra), acaban ofuscando nuestra entendimiento y nuestra racionalidad. ¿Cómo puede decirse esto ahora?, ¿pero no empezaban el bien y el mal en otro fuera de nosotros? Pues sí. Pero hay un aspecto nuevo. Es éste: tanto el bien como el mal tienen capacidad de difundirse. En el caso del mal moral, el debido a los agentes personales, se trata de un mal que afecta a quien lo practica (los clásicos llamaban a esto, el efecto inmanente de las acciones). También afecta a los que están cerca del agente y, a los que están lejos. Lo primero no siempre es fácil de ver. Ya Platón advirtió, por boca de su maestro Sócrates, que, así como el mal físico suele descubrirse con facilidad, no ocurre lo mismo con el mal moral. ¿Por qué? Pues no por que no exista, sino porque es profundo, más de lo que lo es el daño físico. De hecho, una de las consecuencias del mal moral es la torpeza u opacidad que produce en el conocimiento de nosotros mismos, de los demás, del mundo.

Como nosotros venimos de otros y engendramos a otros, transmitimos lo que hacemos (bueno o malo, mejor o peor) a los demás. No solamente a nuestra descendencia, sino también a nuestros coetáneos, a nuestros prójimos que por su parte tienen a otros prójimos y éstos a otros…y así, hasta llegar al ser humano más alejado de nosotros.

En contra del individualismo dominante en nuestra concepción del hombre y en nuestra manera de vivir, lo queramos o no, vamos todos en el mismo barco—por utilizar la metáfora del filósofo austríaco Otto Neurath. La humanidad es una comunidad de comunidades. Por tanto, una acción de uno de los agentes que forman parte de una de esas comunidades, se difunde, como en círculos concéntricos, por toda aquélla.

¿No es esto demasiado para las pobres espaldas de del joven o adulto contemporáneo? No, el ser humano no está solo. Volvamos al principio. Alguien nos habla, alguien entabla una relación con cada uno de nosotros, un diálogo. Esto indica que somos valiosos. ¡Alguien, algunos se preocupan de nosotros! Hay que aprender a discernir quién y si vale la pena escucharlo y seguir sus sugerencias. Nos va la vida en ello. Pero esto no debe asustar ni al escéptico y melancólico hombre postmoderno ni a nadie. Podemos desalojar el recelo y el temor que bucear en la dimensión de profundidad (hacer preguntas como las que tratamos aquí) provoca en el hombre postmoderno. ¿Cómo? Porque tenemos la mejor de las noticias: el bien es más potente que el mal–la Creación venció a la nada, la Resurrección ganó la batalla a la muerte–.

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