¿Una educación sin modelos?

Pintura de San Agustín de Hipona

Quizá la mayor y más esperada innovación educativa que podamos ofrecer hoy a nuestra sociedad, sea, justamente, recuperar la tradición de los grandes pedagogos cristianos. Nuestra aventura al alejarnos progresivamente de sus enseñanzas ha dado lugar al trágico dilema personal entre una vida plena o el vacío existencial.

Nuestros alumnos se encuentran, a menudo, en una especie de “desierto” sin ningún modelo que les guíe hacia la plenitud de su ser mientras que, por otro lado, todo lo encontrado por ellos hasta ahora les sabe a poco o bien se encuentran solos y perdidos en la travesía.

Mientras se les ofertan más y más competencias profesionales, se destierra el diálogo entre la fe y la razón, entre lo externo y lo interno, entre lo mundano y lo eterno. ¿Cuánto tiempo y dinero dedicamos a buscar respuestas a nuestras preguntas sobre el mundo exterior? y ¿cuánto para hallarlas sobre nuestro mundo interior? Enterramos nuestro interior y nos dedicamos exclusivamente a hacer crecer el exterior. Un exterior que no logramos dominar y del que, sin embargo, nos consideramos creadores. Asfixiamos lo eterno y oxigenamos lo caduco, no hay equilibrio; el resultado es la mirada perdida y desconcertada.

Uno de nuestros más grandes pedagogos y Doctor de la Iglesia, San Agustín de Hipona, afirmaba que el maestro es el que enseña y lo hace guiando la mirada del alumno hacia su interior y no únicamente a su exterior. Con rotundidad nos decía que “Jesucristo es el Maestro que enseña dentro, y, fuera, el hombre (el maestro) solo advierte con palabras”. La guía del magisterio consiste en preparar al alumno para que aprenda desde el interior de sí mismo, en continuo diálogo con Jesucristo, en hacerle aflorar su propia reflexión, y razonamiento.

Una idea errónea de libertad humana contamina a veces el entorno del alumno, pues le muestra que el alma se libera cuando se separa de su interior y se vierte en lo exterior (se di-vierte) San Agustín, por el contrario, afirma – con el testimonio de una narración autobiográfica- que el proceso educativo está intrínsecamente ligado a la continua reflexión y diálogo interior del educando, en definitiva, a la escucha del mensaje que Dios ha sembrado en su corazón.

En su caso, diferentes modelos, entre los que destaca S.- Ambrosio, despertaron en él esa imprescindible reflexión. Nuestras sociedades necesitan maestros-modelo que hayan vivido previamente ése diálogo y encuentro con el Maestro interior y sean capaces de compartirlo, a la vez, con sus alumnos.

(…) Mas dimos por fortuna con hombres que te invocaban, Señor, y aprendimos de ellos a sentirte, en cuanto podíamos, como un Ser grande que podía, aun no apareciendo a los sentidos, escucharnos y venir en nuestra ayuda. (San Agustín, Confesiones I, 9, 14)

Mas una vez que los maestros han explicado las disciplinas que profesan enseñar, las leyes de la virtud y de la sabiduría, entonces los discípulos consideran consigo mismos si han dicho cosas verdaderas, examinando según sus fuerzas aquella verdad interior. Entonces es cuando aprenden; y cuando han reconocido interiormente la verdad de la lección, alaban a sus maestros. (…) Mas se engañan los hombres en llamar maestros a los que no lo son (…). (San Agustín, De Magistro, XIV, 45)

Benedicto XVI afirma: “(…) el auténtico educador cristiano es un testigo cuyo modelo es Jesucristo, (…) la tarea del maestro no es sencillamente comunicar información o proporcionar capacitación en unas habilidades orientadas al beneficio económico de la sociedad; la educación no es y nunca debe considerarse como algo meramente utilitario. Se trata de la formación de la persona humana preparándola para vivir en plenitud” .

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