Robert Schuman: custodio del humanismo cristiano y padre de Europa

Robert Schuman

El 9 de mayo de 1950 ha pasado a la historia como la fecha de inicio de un enorme proyecto, el de crear una patria común para los pueblos de Europa. Después de que la II guerra mundial devastara y llenara de luto el viejo continente aparece la primera comunidad de pueblos libremente asociados entre sí. R. Schuman fue, justamente con Adenauer, Jean Monnet y De Gaspari, uno de los padres de la unidad europea de la que ahora gozamos. Presidente del gobierno francés y ministro de Asuntos Exteriores, fue sobre todo, un cristiano convencido, sabedor de que a través de la política y la cultura, podía servir a los ideales de la paz y del entendimiento entre los pueblos a la luz del evangelio. Muy pronto, este brillante estudiante de derecho, consagró su vida a Dios, y se sentía guiado por la voz interior del divino Maestro, para así servir justamente a su pueblo con la mirada puesta constantemente en el cielo.

En el año 1950 pasa a la primera escena del panorama político como ministro francés de Asuntos Exteriores; en ese mismo año lanzará la idea de una Europa común. Al término de la primera presidencia del Parlamento Europeo (1958-1960), que regentó el propio Schuman, se le otorgó por unanimidad el título de «Padre de Europa». Ninguna otra personalidad ha tenido el honor de recibir tal nombramiento. Las tierras de Alsacia y Lorena pasaron a manos francesas después de la derrota alemana de la II Guerra mundial. Aunque se acordaron ciertos privilegios con el Gobierno francés de Vichy, entre ellos el derecho a regularse autónomamente en materia educativa.

Desgraciadamente las tierras de Alsacia-Lorena son pretendidas por el conjunto de la legislación republicana del presidente francés Édouart Herriot. Tal amenaza de anexión jurídica se cierne como principal objetivo sobre las escuelas confesionales. Robert Schuman es capaz de realizar una lectura rápida de la crisis que se avecina. Para tal cometido funda, junto a un grupo de amigos, la revista Notre Droit, destinada a luchar contra la imposición de la escuela laica, que se presenta bajo el sofisma de un saber libre.

Lo que oculta tal pretensión es el objetivo de descristianizar la tierra que vio nacer a santa Juana de Arco. El mismo Schuman encabeza una serie de protestas pacíficas, conjuntamente con el obispo de Estrasburgo, que hacen retroceder momentáneamente al Gobierno de París encabezado en 1925 por Paul Painlevé. En 1936 París vuelve a la carga con la misma intención bajo la presidencia de Léon Blum. Robert Schuman se da cuenta de que hay que dialogar en pro de buscar el Bien Común e intenta la vía de la conciliación. No obstante, lo ve claro. París intenta asfixiar religiosamente a su pueblo y por amor a sus libertades se debe impedir tal objetivo. Será entonces cuando Robert Schuman exclame proféticamente, con dolor pero no con resignación:

Está todo dicho. Y bien claramente. La escalada progresiva en el propósito de destrucción de la fe cristiana y de sus valores proseguirá, desgraciadamente, a lo largo del siglo XX. Así es como se ha llegado a la legislación del divorcio, del aborto, de la homosexualidad. La eutanasia es el próximo blanco. La civilización de esencia judeo-cristiana es así sustituida poco a poco por una civilización entregada al paganismo.

Robert Schuman luchó con determinación por conseguir que la escuela no ahogara el germen de eternidad depositada en el alma de cada niño; consideraba que el laicismo beligerante sofocaba la semilla divina y la sustituía por otro tipo de ideologías que procuraban, inútilmente, calmar el hambre de absoluto depositada en el corazón del infante. Rechaza todo monopolio del Estado en materia educativa, pues considera que ésta es misión primigenia de la sociedad. Será papel del Estado favorecer el buen funcionamiento de las instituciones en pro del orden civil y la paz, de forma que la justicia distributiva no se vea coartada. Eso sí, en todo instante debe ser respetada la conciencia individual. En todo instante lucha para que las pasiones políticas de los adultos no se inmiscuyan en el mundo educativo del niño, que debería ser un terreno sagrado e inviolable, donde se dé la verdadera formación integral en pro del óptimo desarrollo de los niños. Robert Schuman conoce perfectamente lo “mezquino” que puede ser el adulto y cómo es capaz de invadir, con su demagogia, las sagradas e inviolables conciencias de los niños. Toda educación auténticamente cristiana ha de tener a Jesucristo como centro y no buscar sucedáneos. Si es así, en el niño se forjará una auténtica obra de arte -afirma Schuman-, pues la semilla de la semejanza divina, depositada en el niño, florecerá armoniosamente.


Descárgate la reflexión ampliada

Esta entrada fue publicada en Reflexiones pedagógicas y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>