Pedagogía de la bendición

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La cólera cierra las entrañas. Pero la educación es un encuentro necesariamente “entrañable” de alguien (el educador) que nos acoge, cree en nosotros y en nuestras posibilidades, nos proyecta al futuro y nos enseña el camino hacia la meta. La cólera, pues, cierra el espacio que es propio del encuentro educativo. Es su antítesis, ya que su efecto es el contrario al encuentro, es decir, la separación.

La cólera sólo debiera encenderse –ése es su uso correcto- contra el mal. El buen educador debe prevenirse y corregirse de ella, vigilarse para que no anide en su interior la cólera ni el abanico de sentimientos que la cortejan: rencor, irritación, re-sentimiento (o vuelta a un sentimiento malo de un pasado común), odio, etc.

El colérico adolece de una adecuada sumisión a la realidad, a los demás, a Dios. Por eso un antiguo autor cristiano, Juan Clímaco, la define como una especie de enajenación o locura, como una “epilepsia voluntaria”.

Posiblemente la cólera está emparentada con la tristeza. Cierto que hay una tristeza “buena” (y muy educativa), la “compunción”. La tristeza cumple, además, un cometido imprescindible para el desarrollo humano: nos desvela dónde está puesto nuestro deseo. ¿Por qué estás triste? ¿Cuál es la etiología de ese sentimiento que tiñe tu estado de ánimo?

Pero hay una tristeza “mala”, aquella que lleva al abatimiento de modo que el ánimo comienza a independizarse de la voluntad, adquiere autonomía y se “adueña” de la persona. A esa tristeza hay que enseñar a oponerle resistencia. La psicología nos enseña que la patología de la tristeza depende a veces de su duración, frecuencia e intensidad. Aunque es verdad que no es fácil fijar una línea divisoria. Como afirmaban los discípulos de cierto maestro rabínico: -“parecía vivir a la sombra de su sombra. Pero esta sombra era ardiente”. O sea que la tristeza no siempre es incompatible con una profunda y escondida alegría.

¿Cómo podemos autoeducarnos y educar a los demás para saber poner una adecuada “ortopedia” a la tristeza que nos puede llevar a la cólera? Mediante la realización de dos acciones conjuntas: La primera, consiste en combatir la tristeza “mala” con su misma medicina la tristeza, pero ésta “buena” (la tristeza por los propios pecados); y, la segunda, mediante la apertura adecuada a la realidad, en especial a la realidad de los otros, mediante el cultivo de la amistad, el ejercicio de una “dulce intimidad”.

A la vez ayudará lo siguiente: a) el desarrollo de la conciencia de criatura (o apertura al Otro) que hace brotar una sensibilidad nueva: la gratitud; b) aprender a sustituir la pre-ocupación por la ocupación, como afirma el Eclesiástico: “Hijo, cumple tu deber, ocúpate de él, envejece en tu tarea” (11, 22 ss); y, muy importante, c) no ceder a pensamientos “autocompasivos”. Debemos dejar de hiperevaluarnos y condenarnos.

En muchas ocasiones quienes trabajamos en la educación tenemos la obligación de “corregir” determinadas actitudes y conductas. Pero, si no puedes corregir sin cólera, es mejor que no hagas nada. Aun cuando corrijas con una mano, bendice con la otra.

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Una respuesta a Pedagogía de la bendición

  1. Carlos Martínez dijo:

    Como reflexión complementaria al profesor Prats, al que felicito, y basada en el título que ha elegido para su artículo, "Pedagogía de la bendición", el texto me ha recordado la centralidad de la bendición en la vida de fe del cristiano, sea docente, discente, padre, hijo, casado, soltero, hombre, mujer, etc.

    La bendición ocurre con frecuencia en la Escritura, y tiene varias acepciones: significa alabar a Dios ( Cf. Salmo 33, 1); desear el bien a una persona (Cf. Salmo 127, 2); dedicar una persona o cosa al servicio de Dios (Cf. Mateo 26, 26). En la liturgia, la bendición es un ritual por el cual un sacerdote o ministro ordenado santifica a personas o cosas concretas para el servicio divino o invoca el favor de Dios. 

    "Dijo el Señor a Abram [luego Abraham]: Yo haré de ti una nación grande y te bendeciré. A Saray [luego Sara], tu mujer, yo la bendeciré y de ella suscitaré naciones" (Cf. Gén 12,1-2; 17,15-16).

    La historia entre Dios e Israel comienza con la palabra. Yaveh habla, y sus palabras son en primer lugar para bendecir. “Ben-decir”, decir lo bueno. La palabra de Dios es operativa y realiza lo que dice, por eso, lo bueno que Dios les dice a Abram y a Sara, se convierte en realidad en sus vidas.

    Es de Dios Padre de quien viene toda bendición, todo lo bueno para decir y para hacer, las buenas palabras y las buenas acciones . Podemos exclamar agradecidos con las palabras de San Pablo: ¡Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales! (Ef 1,3).

    La Iglesia nos reparte la bendición en diversos sacramentales y celebraciones litúrgicas: al final de la Eucaristía o utilizando el agua bendita en diversos ritos; se bendicen los campos para que sean fértiles y las cosechas para que sean abundantes, las viviendas para invocar protección y los objetos religiosos, como escapularios, medallas, crucifijos y rosarios, etc. Bendecimos en el momento de la comida porque sabemos que los alimentos que recibimos no provienen de nuestro esfuerzo, sino de la generosa misericordia del Padre.

    No obstante, no son ésos los únicos momentos oportunos para extender sacramentalmente la bendición de Dios. El mundo del trabajo también puede ser santificado con la bendición. Así como Dios dice lo bueno y nos concede sus dones a manos llenas, así somos requeridos en nuestra vocación docente a bendecir a los alumnos (hermanos nuestros), a desearles cosas buenas y a orar para que esa bondad de Dios sea realidad en sus vidas. No es por nosotros mismos (profesores), ni por nuestra capacidad profesional, que tenemos poder para realizar la bendición de nuestros alumnos, sino que es una participación en el amor bienhechor de Dios. Él es quien realiza su proyecto en cada uno, también en nuestros alumnos. Momentos especiales de bendición pueden ser al comienzo de las clases, en los exámenes, ante la toma de decisiones, en las tutorías y, quizá también, siguiendo el último párrafo del artículo del profesor Prats, en el momento de la "corrección".

    Bendecir a otro es un don para quien bendice y para quien recibe la bendición. Para quien la da, porque participa del amor de Dios, que no se guarda nada para sí. Y para quien la recibe, porque ninguna de las cosas buenas que deseamos queda fuera de la bendición de Dios.

    "Bendecid, porque vosotros también estáis llamados a heredar una bendición" (1 Pe 3,9).

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