In omnibus respice finem. El “scopo general” y “la intención particular” del maestro en las Constituciones de San Ignacio de Loyola.

San Ignacio de Loyola

Frecuentemente se olvida que las acciones que el hombre realiza son acciones morales, es decir, acciones con conciencia y deliberación, y que por lo tanto implican su libertad y su responsabilidad. Las acciones morales tienen siempre un elemento teleológico, una finalidad, que es clave para entender el acto en sí, con independencia de sus causas o de sus consecuencias.

Las acciones del hombre tienen, además, variadas finalidades, que pueden estar incluso enfrentadas, algunas principales y otras secundarias, instrumentales o accesorias. Pensemos, por ejemplo, cuando corregimos a un niño. Nuestra finalidad principal en este caso es, sin duda, manifestarle nuestro amor, pero nuestra finalidad secundaria o instrumental sería que el niño corrigiere su comportamiento. El acto nuestro de “corrección”, teniendo una finalidad positiva, puede también parecer externamente un simple acto de punición, con lo que no podemos enjuiciar un acto solamente por los “hechos en sí”.

Las acciones morales no escapan a ninguna actividad profesional. Son acciones tan morales las que hacemos en nuestra vida pública como las que hacemos en nuestra vida privada, porque en ambas dimensiones de nuestra vida va implicado nuestro propio y entero ser. Por tanto, iría contra la lógica y contra la integridad del hombre tener morales distintas en la vida privada y en la vida pública. Además, en nuestra vida pública, en el mundo social y académico, trabajamos en organizaciones que, a su vez, tienen finalidades corporativas o generales que debemos tener en cuenta. Habría así, en el mundo del trabajo, una suerte de moral colectiva o social con sus correlativas finalidades generales de la organización (empresa, asociación, gremio, administración, colegio, etc.), junto con una moral individual con sus correlativas finalidades particulares (del empleado, socio, profesional, funcionario, colegial, etc.). Evidentemente, el ideal es que coincidan la moral social con la moral individual, y las finalidades de la organización con las intenciones particulares.

San Ignacio de Loyola ya trató la cuestión del “scopo de la Compañía” y la “intención particular” del maestro en la actividad docente en las Constituciones de la Societas Iesu. De su puño y letra, dedicó enteramente la parte IV a la enseñanza. Las Constituciones fueron redactadas entre 1547 y 1550, cincuenta años antes de la primera edición de la afamada Ratio Studiorum.

Cons 4:307. Parte cuarta. Del instruir en letras y en otros medios de ayudar a los próximos los que se retienen en la compañía.

1.Siendo el scopo que derechamente pretiende la Compañía, ayudar las ánimas suyas y de sus próximos a conseguir el último fin para que fueron criadas, y para esto, ultra del exemplo de vida, siendo necessaria doctrina y modo de proponerla, después que se viere en ellos el fundamento debido de la abnegación de sí mesmos y aprovechamiento en las virtudes que se requiere, será de procurar el edificio de letras y  el modo de usar dellas, para ayudar a más conocer y servir a Dios nuestro Criador y Señor (…).

 Cons 4:486 (…) Y tengan los Maestros particular intención, así quando se offresciere occasión en las lecciones como fuera dellas, de moverles al amor y servicio de Dios nuestro Señor y de las virtudes con que le han de agradar, y que enderecen todos sus studios a este fin. Y para reducírselo a la memoria, antes que la lección se comience, diga uno alguna breve oración para esto ordenada(…)”

Hagamos una  revisitación pedagógica de este clásico. Para San Ignacio, “ayudar a más conocer y servir a Dios nuestro Criador y Señor” fue siempre el “scopo” (objetivo) de la Societas Iesu que había fundado, sabiendo que “el edificio de letras y el modo de usar dellas” eran un instrumento para alcanzar tal fin, junto con otros auxiliares igualmente necesarios, como el “exemplo de vida”, la “necessaria doctrina” y el “modo de proponerla”. Hoy en día hablaríamos, en pedagogía, de “objetivos generales”, para referirnos al “scopo”; del “currículo oculto”, para referirnos al ejemplo de vida; de “contenidos mínimos o necesarios”, para referirnos a la doctrina, y de “metodología”, para referirnos al modo de proponerla.

Las intenciones particulares del maestro son coincidentes con esta finalidad general de la Societas Iesu, porque la finalidad principal de las acciones particulares del maestro, respecto de sus alumnos,  es “moverles al amor y servicio de Dios nuestro Señor”.  Y de ahí que el compromiso del maestro con el escolar se extiende fuera de las clases: “quando se offresciere occasión en las lecciones como fuera dellas”.  Y de ahí también la importancia de la oración antes de comenzar las lecciones: fijar en la memoria de maestros y escolares que, a través del aprendizaje de las lecciones (finalidad secundaria o instrumental), estamos todos (profesores, alumnos y la entera comunidad educativa) llamados a Amar y Servir.

El fin general de la educación, como acción moral, es mover a los escolares a conocer, amar y servir a Dios, el mayor Bien que podemos ofrecer y anhelar los hombres. ¿Y dónde queda en este gran fin la adquisición de conocimientos y competencias en nuestras distintas disciplinas? San Ignacio de Loyola también nos propondría hoy en día a los maestros y escolares la excelencia académica y la elevada capacitación profesional, porque el munus docendi es un modo auxiliar propio de Amar y Servir: in omnibus respice finem.

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