Conclusiones generales del VI Congreso “Educación Católica para el Siglo XXI”, Fe y Educación

En el marco del Año de la Fe, el VI Congreso Internacional Educación Católica para el siglo XXI, celebrado los días 9 al 11 de Abril, en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir”, ha dedicado su edición este año al tema Fe y Educación.

Ciertamente, tanto el sentir de la Iglesia como el reclamo de nuestra época apuntan a la necesidad de una vuelta al anuncio primigenio de la Buena Noticia. ¿Qué supone esta “vuelta” para padres y educadores cristianos que anhelan proponer la fe a sus hijos o alumnos pero se encuentran con un contexto educativo secularizado o abiertamente hostil?

Ofrecemos aquí algunas conclusiones[1] de las diversas ponencias del Congreso, que han mostrado líneas claramente coincidentes:

  1. La contradicción interna de la postura postmoderna según la cual toda óptica particular debe ser aceptada y ninguna debe pretender ser “superior” o “preferible” a otra, es manifiesta. ¿Cómo discernir si no entre particularidades adecuadas o inadecuadas –la “nazi”, por ejemplo-? Y, por otro lado, ¿No lleva esta postura a que cada uno se desinterese por el otro y se “enroque” en su propia posición (desde luego ignorando algo que es claro para la conciencia cristiana: la posibilidad de autoengaño fruto de la herida original)? ¿Para qué comprometerse en el diálogo con otro?Paradójicamente, entonces, el fruto de tal postura de enroque no es la pretendida mutua comprensión sino la incomunicación, en la cual el diálogo, lejos de ser  auténtico, más bien es un diálogo sin logos, sin una verdad que compartimos ya no por ser “nuestra” sino por ser cierta. Un diálogo no fundado en certezas compartidas es más bien un “monólogo a coro” donde la única forma de agradar a todos es decir trivialidades.

    El cristianismo, “que no es un punto de vista más”, no obstante, para mostrar la verdad universal (“Id y haced discípulos a todas las gentes” -no a una cultura en particular-; “id y anunciad el Evangelio” -no id y entablad diálogo-), necesitará, a veces, recorrer el camino de los particularismos. (¿No es eso lo que quiere decir S. Pablo cuando afirma : “Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. (…) Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos” (1Co 9, 19 – 23).

  2. Las Sagradas Escrituras (la Palabra de Dios) son el principio inspirador de la educación cristiana. Constituyen la forma de leer la vida personal, son la guía para el camino de vuelta al paraíso. Todo ser humano construye su vida sobre la base de una determinada narración (interpretación) de sí mismo y de la existencia. Y es imprescindible acercarse a ellas mediante una lectura creyente: “Si no aceptas a Cristo no entiendes las Escrituras”.
  3. La educación cristiana cultiva el silencio así como la obediencia  (S. Gregorio Magno  habla de la obediencia mediante las imágenes de la oreja puesto que la obediencia es la virtud que educa la voluntad a través del oído (virtud propia del “retorno” al paraíso) y el camello –que es como el pendiente que cuelga de ella-  y que expresa la actitud de abajamiento necesaria para que el educando sea capaz de recorrer el recto camino de la Verdad.Y, más concretamente enseña a :
    • no fingir por ostentación
    • evitar la ambigüedad
    • no vengar las ofensas
    • considerar un honor las injurias
    • cultivar la mansedumbre

    Ésta es la “sabiduría de los justos” que nos esforzamos en cultivar y que los no creyentes consideran necedad.

  4. Todos los fines de la educación (ser ciudadanos responsables, profesionales competentes, amigos leales, miembros responsables de la familia o hijos agradecidos de Dios) requieren las virtudes.La virtud como “hábito operativo bueno” requiere esfuerzo, exige “actos”. Su cultivo, que hoy molesta (parece ir en contra de la libertad), sin embargo, es no sólo un deber del educador sino un derecho del alumno para que pueda luego “ser o no ser” , es decir, pueda tener libertad de elección; de lo contrario, sólo podrá “no-ser”.

    Las virtudes cardinales, que crecen en la casa de la fe (y son como sus ángulos), permiten: la prudencia descubrir la verdad, la justicia vivir la verdad, la fortaleza superar las dificultades en el camino de la verdad, la templanza ordenar lo que está desordenado en orden a la verdad.

  5. La fe no es sólo un sentimiento o vivencia que compartimos, sino una verdad que no es “nuestra verdad”, sino un “depositum” recibido gratis para transmitirlo gratis.Si no lo transmitimos (con la vida, pero también explícitamente con la palabra) traicionamos la tarea del educador cristiano: “enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”-dice Jesucristo-. Tenemos algo que enseñar.

    La verdad es una persona, Cristo. Y Cristo enseña, es Maestro, tiene intención docente. Esto es distinto a hablar simplemente de valores.

    Recordemos que profesor es el que “profesa” algo, lo cual implica: a) saberlo, b) decirlo y c) vivirlo.

    Lo que creemos no son “leyendas edificantes” que sirven para que seamos “mejores chicos”, ni son un constructo de símbolos, sino que realmente ha ocurrido algo -la Resurrección- que cambia todo.

    Debemos, entonces, enseñar padres y educadores, por ejemplo, que la Virgen María no es un arquetipo jungiano sino una joven hebrea de quien el Verbo ha tomado carne, que Jesucristo no es un líder simbólico, prototipo de alguien contracultural, sino Aquél que ha padecido en su cuerpo de carne para destruir el pecado y la muerte. Y así con las demás verdades de nuestro Credo.

    Para enseñar esto que creemos, tenemos una herramienta: El Catecismo de la Iglesia Católica.

  6. El fututo de nuestros hijos y alumnos dependerá de si saben o no saben amar (esta es la variable antropológica peculiar que explica –frente a otros- el paradigma educativo cristiano). Hemos de enseñar qué cosa es el amor (1ª Co 13, 1 – 13). Esto incluye la educación sexual como donación fiel y fecunda. (El educador cristiano debe poseer las claves que le permitan comprender y desenmascarar los errores de la llamada ideología de género).
  7. La figura de María introduce de forma imprescindible a la mujer (educadora del ser humano), y de su mano a la familia, en el contexto de la fe. La transmisión de la fe corresponde ante todo a la familia. En María Pedagoga se mira el educador para posicionarse como ella en la frontera entre la frustración del hombre de hoy (“no tienen vino”) y su dificultad para captar el amor de Dios (“haced lo que Él os diga”).

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Benedicto XVI ha afirmado recientemente: “La mayor obra de caridad es el anuncio de la Buena Noticia”.

¿No tendremos caridad con nuestros hijos y alumnos? ¿No enseñaremos al que no sabe? Lo haremos, como dice S. Pablo “llenos de buen ánimo” (2ª Co 5, 6). Recuerden: una de las virtudes del educador cristiano es el optimismo, que descubre, en cualquier situación, primero lo que es bueno. Una sonrisa -que muestra cariño, comprensión, confianza- puede cambiar el día en la vida de nuestros hijos o nuestros alumnos.



[1] No citamos los autores, algunas de cuyas frases reproducimos textualmente, con el objeto de facilitar la lectura. Todas las ponencias y comunicaciones presentadas en este Congreso están en proceso de edición y serán publicadas por la Universidad Católica de Valencia.

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