La fe que viene en ayuda de… la contradicción en el sufrimiento

Job y su mujer

La fe que me ayuda a pensar. La fe que me ayuda a enseñar. La fe que completa al ser humano, que lo humaniza, que va más allá de su dimensión religiosa. La fe que no es un algo más que forma parte del ser humano sino que integra todo lo que es. Esa fe que da y pide sentido, que da y pide razones. Esa fe… se encuentra con la contradicción del sufrimiento. El libro de Job es un paradigma de ese encuentro. El sufrimiento hace que Job se contradiga, que entre en una crisis que, paradójicamente, le da la posibilidad de salir de esa contradicción y, por tanto, de ese sufrimiento. Job sufre por todo lo que le sucede. Pero, sobre todo, sufre porque su fe entra en crisis con ese sufrimiento, porque la imagen de Dios y de él mismo que él tenía entran en crisis y le hacen sufrir. Y no encuentra ni sentido ni explicación.

El interrogante sobre el sufrimiento, sobre el mal parece poner en cuestión a Dios y al ser humano en su relación con Él, es decir, a la fe. Pero en esta reflexión no profundizaré en esta cuestión sino en la persona que pone en cuestión a Dios por el tema del sufrimiento. Es una persona que sufre. Job está sufriendo y lo vemos clara y abundantemente en el libro. Pero también están los amigos que, sin saberlo, sufren y, por eso, entran también en una contradicción respecto a Dios. La de Job es la contradicción del que sufre porque, habiéndose encontrado con Dios, tiene que seguir descubriéndolo en los acontecimientos de su vida, tiene que continuar buscándolo. Pero hay otros que piensan, que viven esa contradicción desde el sufrimiento de una vida sin Dios, sin ese Dios revelado en Jesucristo cuyo poder es el poder del Amor y cuya omnipotencia es la aparente “impotencia” de la cruz.

Miro ahora a Jesucristo en la cruz y descubro también esa contradicción. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). Es el sufrimiento elevado a la enésima potencia. Y de esa “proporción” es la potencia de la salvación de su respuesta: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu” (Lc 23,46). Creo que es esa la clave. El que se siente abandonado pero en el fondo sabe que no lo está porque sigue dialogando con Dios, responde a ese abandono “abandonándose”, poniéndose en las manos de Aquel a quien ha puesto en cuestión.

La contradicción es expresión de sufrimiento, de ruptura, de fragmentación, del ser humano incompleto, desintegrado, en búsqueda. La expresión de la contradicción es el grito del que sufre. ¡Cuánta gente conocemos que, como Job, siente que el mundo se derrumba a su alrededor! Y desea esa estructura sólida sobre la que construir la certeza de un Dios. Lo desea, consciente o inconscientemente.

Aquel que encuentra una contradicción entre la fe y el sufrimiento, entre Dios y el mal, expresa a ese ser humano incompleto, que se agota en las explicaciones, que anhela lo que le falta y no halla el modo de encontrarlo, que no cumple sus expectativas de respuestas en el discurso sobre la fe o sobre Dios sino en la experiencia de su Amor.

Miraré de otra forma a esos alumnos que me piden razones y, en su interior, rezan a la esperanza.

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