Una educación para la vida

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Si usted está paseando por una estación de metro y ve como un carrito de bebé se precipita a la vía, posiblemente su reacción inmediata será lanzarse a rescatarlo, pues para hacerlo no se requiere una especial educación para la vida. Su defensa es instintiva.

En el mismo sentido, recuerdo como hace unas semanas comentaron los medios de comunicación que había un hombre en el acueducto de Segovia, en Madrid, que parecía dispuesto a suicidarse lanzándose al vacío. Después se supo que era un parado. Por casualidad, o no, pasaba por allí un joven sacerdote que al verlo, posiblemente también instintivamente, se acercó a él para intentar impedir que se suicidara, cosa que logró. Pienso que para hacer lo que hizo no se requiere una especial “educación para la vida”.

Pero hay otras circunstancias en que no parece tan clara la necesidad de defender la vida humana, por lo que para actuar correctamente es necesario educarse para ello. Por ejemplo, puede plantearse una duda razonable de si a un recién nacido prematuro, con problemas médicos de difícil solución es ético tratarlo o no, ante la posibilidad de que si sobrevive pueda sufrir importantes complicaciones médicas. También se pueden platear dilemas similares en otras muchas circunstancias, por ejemplo con los enfermos terminales.

Sin embargo, es más difícil plantearse defender la vida de seres humanos que no se ven, por lo que en estas circunstancias no suele prevalecer el instinto de salvarlos. Esto es lo que ocurre en muchas ocasiones con los no nacidos, que como no los vemos, nos sentimos menos motivados para salvar su vida cuando es atacada de cualquier forma.

En relación con ello, conviene recordar que  en el periodo en que la vida humana es más agredida es en sus primeros 14 días, pues entonces es cuando estos embriones tempranos pueden ser sometidos  a prácticas médicas que, además de manipularlos, pueden acabar con su vida, lo que éticamente parece difícilmente admisible. Por ello, en estas circunstancias para plantearse salvar su vida sí que se requiere una “educación para la vida”, es decir se necesita conocer fehacientemente que la vida humana comienza con la fecundación y que cualquier acción que pueda, aunque indirectamente, acabar con ella, no es éticamente admisible. Para esto hay que “educarse para la vida”.

Como este ejemplo se podrían citar muchos otros, como son las prácticas relacionadas con el diagnóstico genético preimplantacional, la clonación (mal denominada terapéutica), el uso de células madre embrionarias, la utilización de contraceptivos orales e incluso la contracepción de emergencia, por lo que para actuar éticamente de forma correcta en esas ocasiones es imprescindible estar bien formado, es decir, se requiere una “educación para la vida”, cosa que creo es especialmente necesaria en una Universidad que se adjetiva católica.

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2 respuestas a Una educación para la vida

  1. José Sáez dijo:

    Interesante la idea del Dr. Aznar sobre la dificultad añadida que supone la invisibilidad del ser humano gestante para que la gente sienta la necesidad de protegerlo y no asesinarlo. De ahí se deriva que uno de los principales objetivos provida debe ser hacer visible la vida intrauterina, como ya se está haciendo en muchos lugares. Una buena ecografía es uno de los elementos más disuasorios del aborto. Por eso los proabortistas tratan de esconder esas imágenes.

  2. Eduardo Piquer dijo:

    A mi modo de ver existen ciertas limitaciones en un planteamiento ético y científico en este sentido de defensa de la vida humana. En el momento histórico en el que nos encontramos, la constatación de que el embrión humano es una persona no implica necesariamente un compromiso ético de defender su vida. Ante toda evidencia científica se impone la voluntad humana, que en este sentido ha cristalizado en una legislación que representa un deseo extendido de que se pueda decidir sobre la vida y la muerte con total impunidad. No se puede subestimar una sociedad que hoy más que nunca parece secundar los deseos de la mayoría de las personas (puede que no en España, pero es así en el resto de Europa) . Nos encontramos en la formación de una cultura que libera a los hombres paulatinamente de toda responsabilidad y de las consecuencias de sus actos. Es decir, una sociedad que legitima el modo de actuación del hombre que ha dejado atrás toda consideración moral que se interpone a su voluntad. En mi opinión no existe un lugar común para el diálogo ético entre las dos partes. La cuestión fundamental es la existencia o inexistencia de Dios. Si Dios no existe, efectivamente el hombre no tiene por qué someterse a un planteamiento ético de la defensa de la vida, dado que en su forma de actuación está defendiendo la suya por encima de cualquier eventualidad. Las imágenes de los embriones, que en poco más de un mes tienen la morfología de un bebé, no se prodigan ahora en los medios de comunicación, pero el rechazo que la conciencia de cada persona produce ante la posibilidad de hacer daño a un ser así, no durará demasiado tiempo. Estamos en un período de celebración del hombre que se hace a sí mismo, que no rinde cuentas ante nadie, en definitiva un tiempo de conquista de un mundo sin Dios. Por otra parte, considero respetable cualquier iniciativa que promueva la defensa de la vida humana, pero creo que lo único que puede transformar al hombre actual es el anuncio del Evangelio. Los aspectos éticos y morales que se desprenden de una cultura cristiana, por sí sólos, no resultan más que voces que pertenecen a una cultura desfasada.

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