Ni educare, ni educere, sino todo lo contrario

Para los profesores del área de las Ciencias de la Educación, esta antigua discusión que les comento estará ya muy trillada. Pero quizá no tanto para los que profesan en otras áreas de conocimiento. Lo cierto es que no estará de más que hagamos juntos un repaso a esta cuestión que, aunque no lo parezca, se sitúa en el alma, en el corazón de lo que es la educación. “Educare” y “educere” son dos verbos latinos que constituyen las dos posibles etimologías del vocablo “educación”. Más allá de una simple curiosidad lingüística, la adopción de una u otra opción se ha convertido en el fundamento teórico de dos modelos educativos diferentes, opuestos en cierto modo, ya que comportan dos antropologías y dos enfoques bien distintos de lo que es el hombre y su educación.

La versión “educare”, que significa “conducir” y también “introducir”, ha sido asignada, no sé muy bien por quién, a la llamada “escuela tradicional”, esa institución tan vituperada y conocida por prácticas como “la letra con sangre entra” y otras supuestas felonías no exentas de un porcentaje de realidad.  En este modelo la educación sería, por una parte autoritaria, directiva: se trata de conducir al alumno hacia determinadas metas marcadas por el educador. Por otra parte, la educación consistiría esencialmente en “meter cosas” en el alumno, llenar su cerebro de conocimientos, con especial hincapié en la memorización. La mente humana sería la “tabula rasa” (pizarrín de cera que usaban en Roma para escribir) aristotélica, en la que nada hay que no provenga del exterior a través de los sentidos. Nacemos “vacíos”, “en blanco”.

Este esquema educativo suele organizarse de forma “logocéntrica”, es decir, sometida a la estructura lógica interna de la ciencia o disciplina a aprender: clasificaciones, demostraciones, argumentos, etc. El diseño curricular sería sencillamente el índice temático de cada asignatura, junto con las actividades necesarias para ir aprendiendo las sucesivas lecciones en su orden lógico. Además, esta forma de entender la educación, sobre todo en sus extremos, ha acabado asociada a un modelo antropológico que podríamos llamar “pesimista”: el ser humano nace malo. O lo es por naturaleza, o se ha corrompido de forma irremediable por el pecado, como afirman los protestantes, en especial los radicales calvinistas. La educación tendrá la misión de enderezar ese árbol que crecerá torcido por necesidad, inculcando buenos hábitos y costumbres.

La otra versión etimológica, la derivada de “educere” (“ex–ducere”), que significa “sacar afuera”, “extraer”, se centra en todo lo contrario de lo anterior (aunque no es necesariamente incompatible, como veremos): el ser humano posee en sí mismo, desde su nacimiento, todo aquello que necesita para llegar a ser en plenitud. La función de la educación será como la de una comadrona (mayéutica socrática): ayudar al educando a que saque de sí mismo todo ese potencial que ya posee de forma innata, pero que necesita poner en acto. No se trata de conducir, ni de meter nada en el alumno, sino de colaborar a que él mismo (autoeducación) pueda desarrollar lo que naturalmente ya es. De alguna forma, es una postura neoplatónica (“aprender es recordar”), pues todo lo que aprendemos ya era poseído por nosotros antes de cualquier experiencia.

Arranca de aquí un estilo no directivo que los renovadores de finales del siglo XIX y principios del XX se arrogaron para su “Escuela Nueva”. El modelo antropológico asociado es el que podríamos llamar “optimista”, muy bien representado en el “buon savage” de Rousseau. El hombre es el “buen salvaje”, que nace bueno por naturaleza, predispuesto al bien, pero es estropeado por la sociedad a través de la educación. La aplicación radical de este modelo llevó a fracasos libertarios famosos como el de Summerhill y su aplicación mediocre e insensata en España nos ha sumergido en la catástrofe educativa que nos ha traído el trinomio LODE-LOGSE-LOE. Porque en este modelo está desterrado el esfuerzo, el sacrificio, la constancia, la memorización, la excelencia, etc. Desde su enfoque radicalmente “psicocéntrico”, se abandona la disciplina académica y todo se centra en la psicología del niño (puerocentrismo). El niño debería aprender sin sufrimiento alguno, todo como en un juego, sin dar un palo al agua, divirtiéndose siempre. Así nos luce el pelo con los informes PISA y otros.

Desde una antropología y una pedagogía cristianas, esta dicotomía que acabo de presentar a grandes rasgos está resuelta. El ser humano, ni es radicalmente malo, ni radicalmente bueno. Ni Calvino, ni Rousseau: Jesucristo. El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, posee un diseño original bueno, para la verdad, el bien y la belleza. Pero también es libre. En uso de su libertad puede elegir el mal y de hecho lo elige. Y haciendo el mal, su diseño original para el bien se debilita, se oscurece. No se anula, ni se corrompe para siempre. Sólo se quiebra como una caña cascada y titila como una mecha vacilante. Pero en Jesucristo muerto y resucitado obtendrá, también bajo condición de asumirla libremente, la posibilidad de ser regenerado, de nacer de nuevo, de recuperar el diseño perdido y realizarse en el bien.

Tal es el optimismo cristiano que, sin perder de vista la necesidad de enderezar lo torcido, de corregir lo erróneo, de conducir al que no sabe caminar, de “enseñar al que no sabe”, nunca pierde de vista que, junto a la labor educativa humana, hay otra sobrenatural, la del Maestro que forma desde dentro, Jesús. El educador cristiano supera la dialéctica “educare-educere”, no sólo porque alcanza una síntesis entre ambos extremos (lo cual es cierto, ya que para educar hay tanto que conducir, como que “meter en”, como que “sacar de”), sino porque se sitúa “más allá”. El educador cristiano es consciente de que es un “asociado”, de que el verdadero “pedagogo” es otro, es Cristo. Reconociendo en su educando el rostro de Cristo, se hinca de rodillas y pide a Dios la sabiduría y la fuerza para llevar a cabo su obra, una obra personal que realiza con cada persona, una obra maravillosa de la que es mero y admirado servidor.

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