La fe que viene en ayuda de… el escándalo del amor a los enemigos

Representación de Job de Léon Bonnat

¡Cuántas veces he buscado en el libro de Job respuestas al problema del mal, del sufrimiento, sobre todo del inocente! Porque resulta difícil, y lo podemos ver en el mundo que nos rodea, intentar resolverlo sin recurrir a la búsqueda de la culpabilidad y, como consecuencia, de la venganza.

El justo Job es bendecido en el amor a Dios y a sus amigos. Entiéndase por amigos a todo aquello a lo que su corazón tiende con amabilidad y por su amabilidad: su esposa, sus hijos, sus bienes. Son ésos dos de los grandes temas, si no los dos grandes temas, del libro. El amor a Dios de Job necesita ser purificado. Necesita madurar, crecer. Y, por eso, necesita ser purificada su fe, su relación con ese Dios. A ese gran tema encontramos la conclusión, mejor que solución, en sus palabras en el último capítulo del libro: Te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos (Jb 42,5). Job pasa del nivel de la información más o menos profunda sobre Dios al nivel conocimiento. Ahora Job conoce a Dios en el sentido del conocimiento bíblico, en el sentido de la posesión más íntima, de la experiencia más radical en la línea del libro del Cantar de los Cantares.

Pero a esta conclusión se añade otra no menos importante. Cuando se trata del problema del mal vemos que no sólo es una cuestión de origen, de poner o no a Dios y su bondad y omnipotencia en tela de juicio. Es un interrogante que todos tenemos que afrontar, teórica y existencialmente y la realidad es que existe el mal y que es importante cómo nos situemos ante él. Son importantes las herramientas con las que buscamos respuestas. Una de estas herramientas a la que, como comentaba anteriormente, se recurre con frecuencia es la culpabilidad, que sólo parece poder ser satisfecha con la venganza.

El libro de Job suscita en el lector una especie de “manía” hacia esos que dicen ser sus amigos y, sin embargo, sólo hacen discursos desde la culpabilidad, desde la aparente defensa a Dios. Y, poco a poco, el lector puede verse envuelto también en esta espiral de culpabilidad. Los amigos de Job son culpables de intentar hundirlo todavía más. ¿Se han convertido en sus enemigos? ¿Qué hará Dios con ellos, al final?, se pregunta el que lee. Puede ser ésta una segunda clave para este libro. En el prólogo vemos a un Job bendecido en el amor a sus hijos, en su relación armoniosa con sus bienes… Todas estas expresiones de bendición desaparecen de un golpe. Job recorre su camino existencial respecto al mal, al sufrimiento y, en definitiva, a Dios. Y llega al final de ese camino. Y se reencuentra con el Dios que siempre ha estado ahí. Y le re-conoce. Como los discípulos al Señor Resucitado. Y ésa es su mayor bendición.

Y la correspondiente expresión de esa bendición la vamos a encontrar en el epílogo del libro, justo después de haber expresado su nueva relación con Dios (Te conocía de oídas…). Dios duplica la bendición del Job “inicial” cuando éste se convierte en intercesor de sus amigos, de los que han puesto en duda su inocencia, su honestidad, su justicia, su fe. Según Dios los amigos de Job no han hablado bien de Él. Lo que teníamos claro antes de que Dios diga esto es que no han hablado nada bien de Job. Sólo Job, sigue Dios, ha hablado bien de Él. Por eso Job tiene que convertirse ahora en su intercesor. La bendición renovada, igual que la fe, ya no es la bendición que se expresa en el amor a los amigos (familia, bienes…); es la bendición que se expresa en el amor a los enemigos. La búsqueda de la culpabilidad como posible respuesta al problema del mal se transforma en la búsqueda de la responsabilidad. Responsable es el que responde. La única forma de transformar la espiral de mal en la que nos introduce la venganza es la de responder… con el bien. Con la intercesión que pasa por el perdón. Con el amor. Y para dar este paso es imprescindible hacer una nueva experiencia de Dios, es absolutamente imprescindible que la fe venga en ayuda del amor a los enemigos.

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