La fe que viene en ayuda de… nuestros deseos

El ser humano es deseo. Esta afirmación expresa la grandeza, la “trascendencia” del ser humano y, al mismo tiempo, su “carencia”. Ambos son aspectos de su límite. El límite marca hasta dónde podemos llegar, nuestras posibilidades y, también, de dónde no podemos pasar, nuestras limitaciones.

El deseo expresa radicalmente la realidad humana. El ser humano desea una vida “feliz”. Desea una vida “con Dios”. Consciente o inconscientemente. Abriéndose a esta posibilidad o incluso cuando se está cerrado a ella. Y sufre una vida “infeliz”, una vida “sin Dios”. Vivir como si Dios no existiera deseando que exista, deseando que haya salvación, que algo o alguien pueda recomponer los pedazos de su existencia, le hace sufrir.

Job y su mujer, una vez ha sido despojado de sus posesiones.

El deseo no se agota nunca en esta vida. Sólo una eternidad puede agotarlo. Ni una vida justa, llena de deseos satisfechos, como la de Job garantiza una vida “feliz”. Porque, en realidad, el sentido de nuestra vida no se agota en ese sentido de felicidad. La afirmación de que el ser humano está hecho para ser feliz no es tan simple. El ser humano está hecho para volver a Aquel del que salió. Y, su corazón, como dice San Agustín, está inquieto hasta que descanse en Él. La de Job es la experiencia del deseo que no para, de la existencia incompleta. ¿Qué le faltaba a Job? Aparentemente nada. O sí. Ésta es también la apariencia de muchas de las personas con que me encuentro. Hay algo, en lo que en esta reflexión no entraremos, que “obliga” a Job a volver a adentrarse en la dinámica del deseo. Volver a desear a Dios. Porque ni la justicia tan “completa” que vivía Job ni la vida plena que parecía derivar de ella, llenaban del todo su corazón. A Job le seguía faltando algo. Y esa carencia es justo la grandeza de Job, lo que le ayuda a hacer una experiencia de Dios, a conocerlo no sólo de oídas. Le ayuda a ver a Dios, a contemplarlo con los ojos de la fe.

¡Cuántos acontecimientos en la vida nos ponen ante lo que nos falta! Y muchas veces justo en los momentos en que no tenemos esa sensación de carencia. Dios irrumpe, nos “obliga” a volver a hacer experiencia del deseo. Y así… ¿indefinidamente? En esta vida ésa es la dinámica. Porque en esta vida la respuesta a esa dinámica es la dinámica de la fe. La fe que madura, que abre nuestros ojos a una nueva vida, a una vida con Dios, a una vida eterna, en la que la dinámica de la fe y del deseo se transformarán porque la experiencia de Dios será plena y, por tanto plena la satisfacción de nuestros deseos y plena la fe transformada en Amor.

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