La educación de los jesuitas: formar hombres y mujeres para los demás

San Ignacio de Loyola

Lo primero que hay que decir acerca de la educación de los jesuitas es que, como todo lo relacionado con la Compañía de Jesús, surge de la experiencia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. Experiencia personal y espiritualidad ignaciana son los dos ejes a través de los cuales se vertebra todo. Porque “no el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”. Lo que se pretende no es un mero conocimiento “académico” o erudito, sino un conocimiento “interno”, es decir, vivido y convertido, de ese modo, en experiencia personal propia.

Educación y espiritualidad tienen varias claves fundamentales. La primera, que del encuentro personal con Jesús surge la incondicionalidad del servicio a los demás desde la gratitud, no desde la imposición, desde el apasionamiento radical de quien no puede agradecer tanto bien recibido sin que hayamos hecho –ni podamos hacer- nada por merecerlo. Porque el don de Dios no es una recompensa, sino una entrega incondicional y gratuita. Esto es lo que nos seduce y nos transforma. Una experiencia así cambia la vida y nos deja rendidos ante el Amor de Dios y disponibles para la misión. A esta misión, desde aquella experiencia, se ponen todas las capacidades, todas las fuerzas, toda la voluntad, toda la libertad, “todo mi haber y mi poseer”. Ese es el origen de la excelencia.
La segunda clave tiene que ver con la misión, que no es ni puede ser cualquier misión, cualquier finalidad, sino -¡nada menos!- que la de construir el Reino de Dios aquí y ahora, en nuestra historia. La desproporción de esa finalidad con nuestras posibilidades por “excelentes” que estas pudieran llegar a ser, es evidente y nos hace reconocernos limitados y pecadores. Por eso es tan importante “salir del propio amor, querer e interés”, sabiéndonos y experimentándonos como siervos inútiles, pero no perdiendo de vista que participamos en la misión de Jesús y, por tanto, en el plan de Dios. Por eso “hemos de actuar como si todo y sólo dependiera de nosotros, sabiendo que todo y sólo depende de Dios”.

De las dos anteriores surge la propuesta educativa de la Compañía de Jesús: la de llegar a ser hombres y mujeres para los demás. Para ello es necesario ver el mundo y a todas las personas con la “mirada de Dios” y, al ver tanta miseria y sufrimiento, participar en la misma misión de Jesús: “hacer redención del género humano”. De aquí, la tercera clave es el principio misericordia, la entrega a quienes no tienen a nadie, el servicio a los necesitados, a los que sufren, a los oprimidos por la injusticia. Personas concretas ante las cuales y por las cuales respondemos (CEPS, La Iglesia y los pobres, 1994, nn. 9-10). Principio que la propia Compañía de Jesús expresó como “el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia es una exigencia absoluta” (CG 32, d. 4, 2).

La excelencia de la educación será, desde aquí, haber contribuido a formar personas competentes, conscientes, compasivas y comprometidas, capaces de trabajar con todas aquellas otras personas que, aun inesperadamente, aun sin saberlo, participan de un modo u otro en la construcción del Reino de Dios. Y lo hacen en un mundo complejo, sabiendo leer los nuevos escenarios que, entre todos, debemos habitar y transformar: el de la cultura; el de las migraciones; el de los medios de comunicación social; el de la economía y sus efectos; el de la investigación científica y tecnológica; y el de la política como servicio (Sínodo de los Obispos, Lineamenta, cap. 1, 6).

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Una respuesta a La educación de los jesuitas: formar hombres y mujeres para los demás

  1. Carlos Martínez dijo:

    El excelente artículo del profesor Die me ha recordado la cita que que el Padre P. Arrupe S.J, a la sazón Prepósito General de la Compañía, pronunció en Valencia en el año 1973 a los antiguos alumnos del Colegio de San José. Refiriéndose a los "Hombres para los demás", decía:

    "Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo; para Aquél que por nosotros murió y resucitó; hombres para los demás, es decir, que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa, o incluso un ropaje farisaico que oculte nuestro egoísmo".
    (Valencia 1973. Congreso AA.AA).

    Al Padre Arrupe le correspondió ser el impulsor del proceso de renovación de la Compañía, lo que se reflejó, especialmente, en los documentos de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús (1974-1975) que, como muy bien indica el profesor Die, asoció de modo necesario la promoción de la Justicia con el servicio de la Fe.

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