Las maltratadas competencias éticas y morales

Las competencias básicas son...

El aprendizaje por competencias posee claras ventajas sobre el aprendizaje por contenidos, eso sí, siempre y cuando se realice correctamente. Entre otras, una ventaja evidente es la capacidad que poseen las competencias para integrar las distintas dimensiones del aprendizaje. La clásica división entre contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales ya sugería esta necesidad, pero no aseguraba bien del todo la integralidad y la integración de todas esas dimensiones. El moderno concepto de competencia, en cambio, sí integra tanto los aspectos teóricos, como los prácticos, que debe aprender un determinado profesional.

Muy bien, pero no hay que perder de vista que la competencia incluye algo más. Algo que es tan importante como lo teórico y lo práctico, que asegura el correcto tránsito entre ambas dimensiones y que muchas veces se olvida o se añade a las programaciones casi de pasada, más como un elemento que hay que colocar por compromiso formal que por convicción. Me refiero a la dimensión ética y moral de la competencia, a la parte actitudinal. Las he calificado como “maltratadas” en el título, porque, aun siendo esenciales, no siempre son tratadas como merecen. La dificultad para enseñarlas y evaluarlas las relega a un mero papel testimonial.

No debería ser así en absoluto. Pensemos en cualquier profesión: ¿Puede considerarse, por ejemplo, competente para el ejercicio de la medicina, una persona incapaz de mostrar amabilidad y empatía hacia sus pacientes, o un negligente irresponsable, o alguien que sea insensible hacia el bienestar o el dolor ajenos? ¿Sería competente un maestro carente de celo y motivación por la educación y por el desarrollo personal de los niños, o uno que no tenga claro que con sus propios actos se erige en un modelo de identificación para sus alumnos? Podríamos citar centenares de ejemplos semejantes, de actitudes necesarias.

Las competencias deben incluir los conocimientos, las habilidades y los procedimientos necesarios para aplicarlos. Pero también deben integrar los valores, las actitudes, las normas, las consideraciones éticas y los factores deontológicos asociados. Piensen en un ejemplo más, esta vez un poco más genérico: Alguien afirma que posee una buena competencia para comunicarse con sus alumnos. Conoce bien la teoría de la comunicación y domina las técnicas. Pero no le importan para nada las personas de sus alumnos, ni considera importante la comunicación con ellos, ni escucha jamás a nadie: ¿De verdad es competente?

Es evidente que quien no posee las actitudes necesarias para el correcto ejercicio de una competencia, no es competente. Esta incompetencia ética puede anular totalmente una competencia. No hablamos, por tanto, de una especie de “adorno” en la formulación de competencias, ni de un detallito bonito pero inútil que sólo sirve para darle un toque “de ideario” a nuestras Guías Didácticas. No es un tema de identidad ideológica o religiosa de una institución educativa. Cierto es que una universidad católica debería cuidar estas dimensiones con un especial cuidado, pero sólo es un asunto esencial de buena práctica pedagógica.

 José Rafael Sáez March

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