Carta de una “señora de la limpieza” a los profesores

La he guardado como una joya de gran valor pedagógico. La recibí el día de su jubilación, han pasado siete años desde entonces, en un sobre que contenía también un marca-páginas confeccionado por ella artesanalmente. Hasta ahora la conservaba en secreto por una especie de “pudor” personal; pero, podemos aprender tanto de ella quienes todavía estamos “en el tajo”, que creo que ha llegado el momento de publicarla. Dice así:

Queridos compañeros:

Disculpad el atrevimiento de dirigirme a vosotros de esta manera, pero es que tantos años juntos han hecho crecer en mí un sentimiento que no puedo expresar de otra forma.

Cierto es que no soy ni profesora, ni personal de secretaría, ni nada que tenga que ver “directamente” con la enseñanza en esta Universidad. Soy, simplemente, una de tantas “señoras de la limpieza” que entran y salen, suben y bajan, van y vienen por nuestros pasillos; y eso durante quince años. Digo que no tiene nada que ver con la enseñanza, pero sí con la “educación” (al menos así es como nos lo hemos tomado siempre mi difunto esposo Ramón en sus once años que estuvo aquí, yo misma y mis compañeras de trabajo). Por eso, al despedirme de vosotros, os llamo ¡amigos!

Pues sí: Creo que ha llegado la hora de descansar y dedicar el tiempo que Dios me dé a la familia, a los amigos y a quien se presente.

Estoy sumamente agradecida por haber tenido la suerte de compartir una parte de mi vida con vosotros. En todos he encontrado siempre cercanía, apoyo en los momentos difíciles (por Ramón o por mi propia enfermedad), sinceridad en las relaciones y amabilidad en el trato. Por mi parte he procurado realizar el trabajo en nuestra Universidad (que es casi como mi segunda casa) con la máxima dedicación y honestidad, sabiendo que también “entre los mochos anda Dios” (que diría Santa Teresa). Pido disculpas si en algún momento he podido molestar a alguien (nunca ha sido ésa mi intención).

En cuanto a los alumnos… ¡esto es otro cantar! Pero también estando en medio de este mundo de jóvenes me he sentido rejuvenecida, a la vez que respetada y valorada en mi trabajo. He visto pasar el tiempo de ellos y el mío, y ello me hace ser más flexible y comprensiva con todos.

Termino: esto no es un “hasta luego”, pero sí un “¡hasta siempre, amigos!”. Con la jubilación me llevo muy dentro nombres, rostros, gestos, palabras, detalles… que nunca podré olvidar. Es la mejor paga y pensión que me ha quedado de mi paso por la Universidad.

Que Dios os bendiga. Mi casa la tendréis siempre abierta y mis manos dispuestas a pasar de nuevo el trapo por si algo os estorba.

Un abrazo muy fuerte, Pilar.

Querida Pilar, muchas gracias por tu lección práctica -¡fíjate, también sabes de “enseñanza”! – sobre cómo se construye una comunidad educativa.

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