A los padres les preocupa…

El sentimiento común de muchos padres es encontrarse un poco desorientados (quizá es un síntoma más de la llamada “familia indecisa”) a la hora de interpretar y resolver los problemas que tienen los jóvenes. Tienen, a su vez, miedo de que sus hijos sufran las tendencias de moda entre los jóvenes y se malogre su proyecto vital. Tienen miedo de que sufran la adicción a las drogas (marihuana…), al alcohol (su uso abusivo en fiestas…), a la nocturnidad, al fracaso escolar. Se preguntan ¿qué hemos hecho mal?

-Lo mejor es “no preocuparse y ocuparse” en dialogar con sus hijos e intentar empatizar con ellos y comprenderlos (¡también yo un día fui joven!). Eso requiere tiempo.

-Las tendencias de moda (“disfruta de la vida”…) responden a corrientes subterráneas antropológicas de corte relativista y hedonista y que se refuerzan a medida que se extienden entre la población juvenil, que se agrupa ya sea en medios virtuales o reales. Esto preocupa a los padres, que exhiben su desconcierto prohibiendo el uso de los medios virtuales o bien exacerbando el “no” o las amenazas.

-En cuanto a los medios tecnológicos que se usan en “modo ocio”, lo más acertado es que los padres y profesores medien ante los medios. Es bueno que los niños y adolescentes aprendan a administrar su tiempo y a controlar el tiempo de vinculación con las redes. Tiempo controlado ante el ordenador, el whats, el móvil, los juegos. Es importante que se concienticen sobre la intención con que  usan estos instrumentos y que los utilicen buscando un contenido preciso. Contaba un papá de adolescentes que ha dejado una cestita en el recibidor para que al entrar en casa los chicos dejen descansar su móvil un buen rato y entren entonces en la comunicación real con la familia. Y es que el ser humano no vive de pantallas, vive de palabras buenas, besos, abrazos y miradas de complicidad donde dos ojos se encuentran con otros dos ojos, es el encuentro entre dos personas.

A los padres también les preocupa su educación en “valores”. Afirman: – “les entre por un oído y les sale por el otro, es decir, no les interesa”.

-Como decía S. Juan Crisóstomo: – “ofrécele tú algo tan interesante o más de lo que le ofrecen los amigos”. No perder el hilo desde su primera infancia es de vital importancia hasta que sean capaces de discernir por sí mismos. Una forma eficaz de aprendizaje es aprender de los errores, es una lástima; pero quizás hacer prevención es que aprendan a pensar en las consecuencias de sus acciones y conductas. Si quieres que aprenda o viva un valor practícalo tú “en sus narices” con honestidad (pero no le digas nada); los niños y jóvenes conocen las intenciones -mentiras y verdades- de sus padres y tutores. La educación de valores morales requiere tiempo. Si se aburre o no tiene interés… mezcla el “valor” con algo bueno, bello, agradable, un poco divertido, es decir mezcla el “valor” con alegría y amor.

A veces los padres se convierten en una especie de “guardia civil”  que observa las faltas y está siempre a punto para poner la multa. No paran de decir “no”, o bien, usan en demasía la interjección con mandato incluido. Si se abusa del imperativo la respuesta es sordera (mis padres no tienen nada interesante que transmitirme, son un rollo). El chico se siente más analizado que comprendido. Los valores se transmiten, más bien, en la vida cotidiana de los miembros de la familia.

La adolescencia es un tiempo de educación-paciencia-silencio. Hay una praxis convivencial que es básica en la familia (y en la sociedad) y que hay que revisar para que no se instalen abusos que lesionan el respeto debido al hijo (o ciudadano, o alumno…) y generan sentimientos aversivos respecto de las normas. El abuso de normas genera rechazo y violencia. Hay que educar con sabor. Como decimos, cocinar con buena materia prima, una buena receta, tiempo y amor; si es así podemos predecir que el guiso estará sabroso, habremos cumplido el objetivo.

Es necesaria una comunicación asertiva por parte de padres y maestros. El hijo o el alumno deben descubrir el valor del “valor”. El chico piensa: – Si el valor es tan bueno, ¿por qué me lo impones? El valor se exhibe (te lo enseño realizado) y el alumno lo desea. Es necesario además mejor marketing para presentarlo. Aunque, desde luego, la pregunta fundamental que debemos hacernos siempre los educadores es: ¿vivo yo el valor (o es “un decir”)?

Hay padres y maestros que presentan el valor “aguando la fiesta”. Sin tener en cuenta que una gota de miel atrae más moscas que una gota de vinagre.

-¿No debiéramos dosificar el no rotundo y aplicarlo a los cinco “nos” de los diez mandamientos? El chico espera argumentos racionales y emocionales que den sentido al mandato. El resto de asuntos se puede pactar y llegar a acuerdos. En el acuerdo las dos partes ceden, y pierde más la parte docente. Pero los acuerdos se cumplen y deben establecerse progresivamente de menos a más y se debe sancionar el no cumplimiento del acuerdo. O bien investigar por qué no se cumple, ¿dónde está el obstáculo?, ¿la exigencia es excesiva?, ¿el muchacho mintió?, ¿yo desconfié de él?… La promesa y la amenaza movilizan la libertad.

“Tú puedes hacer lo que quieras, pero… si cumples el acuerdo, experimentarás por ti mismo que….”

El buen educador entra en diálogo socrático.

Es interesante pasar de un sistema basado en “leyes” a un sistema “narrativo” como en las  parábolas o fábulas en las que el final queda abierto, se elicita la libertad, se movilizan las emociones y el muchacho, al final, deduce la sugerencia que se le presenta. Es decir, utilizamos un rodeo no entrando “en directo” en el tema en cuestión (por ejemplo una conducta reprobable) sino conversando para que sea él mismo quien descubra lo que debe o tiene que hacer.

Veamos, por último, como expone el producto, por ejemplo, un prestigioso centro comercial: El diálogo, primero que nada, es personalizado: – “¿Cómo se llama usted?” Y a continuación, y dirigiéndose a ti  por tu nombre, dicen: – “¿Quiere que le ayude?” Esto es lo que expresan. Y lo que no expresan: – Tenemos todo lo que  a usted le pueda interesar. Lo que dicen: – “Puede cambiar el producto sin ningún problema y si encuentra algo mejor le devolvemos el dinero”. Lo que no dicen: – El cliente siempre tiene razón y no se le puede contradecir. “Disponemos –dicen- de todas las marcas” ¡Uf! –pensamos,- ¡puedo comprar todo!.

El horario va siempre más allá que el de las demás tiendas (hasta las 9,30 de la noche y no cierra a mediodía, ¡incluso abren los domingos!). Los expositores son atractivos y su marketing rompedor. Siempre hay ofertas 2×1 y oportunidades a tiempo controlado (saben que el ser humano responde a la codicia maravillosamente). Puedes coger el producto por ti mismo. Y la simpatía es constante (alegría, disponibilidad, servicio). Al final acaban diciéndote: -“tú eres importante para nosotros”. Por lo tanto no se trata de decirlo, se trata de realizarlo. Te damos “lo más…”, “todo lo más”… Todo esto para comprar una chaqueta o cualquier otra cosa…

¿Qué les parece?

José Ignacio Prats & Gracia Arolas

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