La libertad y la creación de identidad: consecuencias y paradojas (I)

¿Cuántas veces hemos oído en los medios de comunicación y en los films, al menos subliminalmente, que la felicidad llega cuando no depende de nadie? La felicidad llega cuando uno puede, por fin, hacer lo que uno quiere, no está sometido a nada, sabe decidir por sí mismo, es decir, cuando es libre y autónomo. Esto significa que la ley se la da uno a sí mismo; y esto conlleva, de alguna forma no lógica, pero pertinente, que con la libertad uno se puede elegir a sí mismo y crear su propia identidad. En la presente reflexión y en la siguiente veremos consecuencias contradictorias de esta visión postmoderna: lo que la libertad pretende conseguir se lo quita a la creación de identidad y lo que ésta última necesita hace decrecer la – malentendida – capacidad  de ser libres. Una de las consecuencias de esta concepción, y a la que nuestra sociedad contribuye, es que se genera en las personas una especie de doble angustia psíquica. La primera, no saber qué decidir: la debilidad de voluntad; y la segunda, no saber qué hacer: la ambivalencia.

Empezamos por el análisis de la “libertad”. Se entiende por “libertad” en sentido coloquial, promover una amplia gama de opciones y alternativas para que el agente las tome en cuenta a la hora de diseñar su conducta. La libertad así entendida en “nuestra cultura” viene a ser la que considera Frankfurt en su artículo “On the Necessity of Ideals” advirtiendo de los peligros de esta propuesta: las numerosas posibilidades engendradas por la tecnología y las vías administrativas debilita que haya acciones éticas y sociales legítimas.[1]

El debilitamiento de los límites  éticos y sociales es una situación preocupante y quizá aquí se halle alguna de sus razones: la concepción occidental de la libertad está, resumidamente, marcada por la autonomía en el sentido más utópico de la expresión, esto es, la divulgación del “ideal” de la no dependencia de ningún objeto, persona, incluso creencias o ideal, etc. El Yo es, en última instancia el que decide si algún ideal formará parte de él, el que decide si pasará a depender de alguien en cualquier ámbito de la vida – afectivo o intelectivo –, en definitiva, el que se auto-define casi arbitrariamente –ya que no está atado a nada. No siendo suficiente con esto, pareciera incluso como si la “decisión individual” fuera el criterio para legitimar una acción cualquiera. Si es así, hemos llegado a la cúspide del pensamiento moderno realizado ahora en la sociedad actual: “Los teóricos de la moral y de la política a menudo enfatizan lo valioso que es para la gente tener amplios repertorios de opciones que merecen la pena y entre las que ellos son libres de elegir.”[2] Añadiendo, pues, este factor histórico mencionado, podremos decir con Frankfurt que: “Esta combinación del control técnico cada vez más perfecto y de creciente permisividad acrítica ha generado una tendencia cuyo límite sería una cultura en la que todo es posible y todo vale.”[3]

(Continua y concluye en la próxima reflexión…)



[1] Frankfurt, H., (1993) “On the Necessity of Ideals”, tomado de Necessity, Volition and Love (1999) Cambridge: Cambridge University Press.

[2] Frankfurt (1999) Necessity, Volition and Love, Cambridge University Press. (Pág. 102)

[3] Frankfurt 1993.

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