La libertad y la creación de identidad: consecuencias y paradojas (II)

Frankfurt recalca la otra cara de la moneda también potenciada hoy en día: el ideal de la creación de identidad. Pareciera que, en el campo pedagógico, el abanico de las múltiples opciones que se le ofrecen al educando es totalmente relevante para su formación.  Este discurso pedagógico con apenas profundidad se hace todavía más amplio dado el carácter adulador de la propuesta (“puedes ser quien tú quieras ser”). Sin embargo, según Frankfurt, alcanzar esta máxima libertad y llegar a ser la persona que uno quiera provoca una consecuencia quizá no muy analizada: “En lugar de encontrar que el alcance y la fuerza de su autonomía aumentan a medida que se amplía el campo de opciones que se le abren, puede volverse volitivamente debilitado por una creciente incertidumbre tanto en lo que respecta a la toma de decisiones como en lo que respecta a qué elegir.”[1] Esta es una experiencia humana común que no se reduce sólo a “no sé cómo vestirme, dado que tengo cientos de modelos en el armario”. Podemos hacer un paralelo. En la tercera lección de Poética musical de Igor Strawinsky dice:  “Por lo que a mí toca, siento una especie de temor cuando, al ponerme a trabajar, delante de la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo me está permitido. Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo fundarme sobre nada y toda empresa, desde entonces, es vana.”[2]

Así pues, la “libertad radical”, ejemplificada en el personaje ateo dibujado por Dostoievski en su novela Los demonios, el famoso “todo está permitido”, la multitud de opciones factibles o, lo que es igual,  la desvinculación del agente de las necesidades de la voluntad amenazan, según Frankfurt,  la libertad y la individualidad: “… El ateo y el utilitarista, en sus esfuerzos para decidir qué hacer o cómo ser, tienen muy poco a lo que retroceder en (…) guías estables de opción. Ellos carecen de lo que Rawls denomina “estructura moral antecedente”. Por tanto, sus doctrinas prohíben – o al menos sus argumentos lo hacen – pensarse a sí mismos con límites volitivos fijos. En ambos casos, un exceso de libertad hace crecer una disminución o una disolución de la realidad del Yo.” [3] Por eso, estas dos posturas llevadas a la práctica son casi inviables.

Una voluntad autónoma requiere límites. Los límites son lo que hace que la persona sea ella misma. Un límite puede ser, por ejemplo, un ideal. Un ideal, a su vez, podría entenderse como el hecho de ceñirse a unas pautas de pensamiento que guían la conducta: lo que inevitablemente hará y lo que no podrá llevar a cabo. Pero si el agente “decide” no estar ligado a nada, no creer en nada y, en definitiva, no amar nada, entonces no tendría límites, no se traicionaría a sí mismo nunca, no habría nada impensable para él. Por tanto, crearía una “voluntad anárquica”, que significa que no pone límites a lo que puede hacer porque puede llevar a cabo la decisión que quiera. El resultado de esta aplicación es que el efecto encontrado es, más bien, el no buscado:

(…) Es amorfo, no tiene, en definitiva, una identidad fija o una forma. (…) Puede llegar a tener un número de disposiciones o rasgos psicológicos persistentes (…). En otras palabras, su voluntad está gobernada enteramente por circunstancias antes que por cualquier naturaleza esencial propia.[4]

 



[1] Frankfurt 1993: 109, Óp. Cit.

[2] Strawinsky, Igor (1983) Poética musical, Madrid, Taurus. (Pág. 67).

[3] Frankfurt (1988) “Rationality and the Unthinkable”, en The Importance of What We Care About (2007), Cambridge: Cambridg University Press: 177 – 190.

[4] Frankfurt 1993: 114, Óp. Cit.

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