¿Liberación y sometimiento son incompatibles? (I)

Si uno se pone a pensar en alguna de las experiencias más “liberadoras” o, más felices, que ha podido tener, seguramente pueda escoger algo de entre la siguiente lista:

  • cuando he amado a alguien
  • cuando he sido padre
  • cuando he resuelto un problema matemático
  • cuando hice una excursión a un paraje natural
  • cuando hice una prueba deportiva
  • cuando hice un buen trabajo
  • cuando he aprobado una oposición tras mucho esfuerzo
  • cuando he ayudado a alguien sin apenas pensarlo, etc.

Si tomamos el “amar a alguien” como ejemplo de alguna de estas experiencias: ¿cuándo empieza el amor? Cuando uno se siente atado a una persona, no puede evitar querer estar con ella o, incluso, perder su tiempo por ella. El amante está subsumido por la presencia fascinante del otro. No ha elegido nada, sino que se trata de un acto involuntario. Lo mismo sucede cuando uno descubre dentro de sí una pasión, una habilidad, un deporte que le encanta o el gusto por la belleza natural por la que se queda “anonadado”: no ha elegido nada de eso. El filósofo Harry Frankfurt dice de estas experiencias lo siguiente: “La sugerencia de que una persona puede sentirse liberada accediendo a un poder no sujeto a su inmediato control voluntario está entre los más antiguos y persistentes temas de nuestra tradición moral y religiosa.”[1]. Temas antiguos pero que ahora parece que, con la postmodernidad, hayamos perdido. En efecto, la filosofía moderna desvincula, no por razones azarosas, la voluntad de la persona de su contenido –entendido como bueno –reduciendo el fenómeno de la voluntad a la sola capacidad de elegir. Charles Taylor aprovecha esta idea para criticar al yo presentado por la modernidad como “un desvinculado sujeto  de control racional.”[2]

Ludvig Wittgenstein

Así pues, teniendo en cuenta que las circunstancias histórico-ambientales ofrecen a la persona posibilidades concretas que la conforman, también es cierto que el Yo debe encontrarse consigo mismo, es decir, quedarse “fascinado” ante la presencia de un gusto que descubre, ante una pasión que se asoma, ante una habilidad que sólo él tiene y que le hace crecer, a la vez que fomenta el valor de ser él mismo. Este telón es lo que le viene dado y con lo que se encuentra al llegar al mundo. Pero no se trata de una experiencia nimia o vacía. El mismo Wittgenstein exclamó: “¡El Yo, el Yo es lo que es profundamente misterioso!”.[3] Asimismo, también dice en otra ocasión: “Sólo de la consciencia de la singularidad de mi vida surge la religión – la ciencia – y el arte.” (Ibíd.: 79).

(continua y concluye en la próxima reflexión)



[1] Frankfurt, H. (1982), “The Importance of What We Care About”; tomado de The Importance of What We Care About (2007), Cambridge: Cambridge University Press. (Pág. 89).

[2] Taylor, C., (1996). Idea que desarrolla en los primero capítulos de Las fuentes del Yo: La construcción de la identidad moderna. Barcelona, Paidós Básica. La idea que plante la modernidad no es algo muy lejano ya que sus ecos filosóficos llegan hasta nosotros de varias formas: la responsabilidad se reduce a “control racional sobre las propias acciones”, la moral se vacía de contenido para hacer caso a las leyes, la creación romántica y el ideal de autonomía son estandartes, la decisión propia ese convierte en factor legítimo de cara a aceptar una acción como permisible,  lo que uno decide hacer consigo mismo “está bien”, incluso, en un futuro, podremos tener control sobre cómo serán nuestros hijos, etc. Las palabras “control” y “elección o decisión” son muy importantes.

[3] Wittgenstein (1961) Notebooks, 1914-1916, Editado por G.H. Von Wright y E. Anscombe, New York, Blackwell. Page 80. Nota del 5/8/1916.

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