¿Liberación y sometimiento son incompatibles? (II)

Harry G. Frankfurt

Podemos decir, entonces, junto con Frankfurt, que, siguiendo a nuestro corazón y a nuestra razón, experimentamos una sensación de liberación y enaltecimiento. De hecho, a veces, no podemos más que rendirnos ante nuestro propio comportamiento.

Cuando accedemos a ser movidos por la lógica o por el amor, el sentimiento con el que lo hacemos no es de desesperada impotencia. Al contrario, particularmente experimentamos ambos casos –sea seguir a la razón o seguir a nuestro corazón – una sensación de liberación y de enaltecimiento. ¿Qué justifica esta experiencia? Parece tener su fuente en el hecho de que cuando una persona responde a una percepción de algo racional o amado, su relación a ello tiende hacia una abnegación (… esto es) está guiado por las características del objeto antes que por las propias.[1]

Esto es lo paradójico del factor humano, queremos ser libres, pero para serlo realmente hemos de someternos. ¿Someternos a qué? Enseguida lo diré no sin antes preguntaros lo siguiente: ¿No es acaso liberador resolver un problema físico? ¿No es liberador resolver un teorema matemático, o descubrir alguna teoría matemática? ¿No es liberador componer música o tocar una pieza musical, o, asimismo, escucharla con todo detalle? ¿No es liberador el juego, o la creación artística? ¿No es liberador contemplar durante un rato un paisaje precioso? ¿No es liberador acaso amar a alguien? Pues bien, en cuanto a las ciencias exactas, la liberación viene dada porque nuestra razón se adapta y se amolda a las leyes ya dadas del universo, una especie de  composiciones que están ahí antes que yo viniera al mundo. Mi razón se SOMETE a esas composiciones y las descifra. En cuanto a la música es un fenómeno parecido, nos sometemos a algo ya dado; en cuando al juego y a la creación artística, nos sometemos libremente a normas puestas por nosotros mismos, pues de esto se trata la experiencia lúdica. En cuanto a la belleza, es algo casi indescriptible, pero la razón se doblega ante la inmensidad de la naturaleza, le rinde homenaje porque es algo que nos supera con creces. En cuanto a amar a alguien, la persona que es objeto de amor no es, en principio, una elección propia, sino algo que se impone o alguien que fascina, que doblega la voluntad y la razón, que nos deja atontados. Así pues, uno de los significados de amar a alguien es ser capaz de ponerse de rodillas delante del amado y decirle “te necesito”. Y así con todos los bienes que hemos mencionando –el juego, la belleza, la lógica, etc. Son bienes porque nos realizan, nos liberan, pero lo hacen con algo que ata nuestra naturaleza a la naturaleza de ahí fuera y crea como una especie de “necesidad”. Y la necesidad es algo que nos limita.

Así pues, el enaltecimiento no es incompatible con el sometimiento: la “abnegación” del Yo es vaciarse del sí mismo para dejar paso en su interior a lo racional o lo amado. Pero, no nos olvidemos que, paradójicamente, es una experiencia enriquecedora para el Yo: la persona emerge con más ahínco al experimentarla.


[1] Frankfurt 1982, Óp. Cit. Pág. 91.

Esta entrada fue publicada en Reflexiones pedagógicas y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>