¿La felicidad es subjetiva?

Si lanzáramos esta pregunta a nuestra joven audiencia –si la felicidad es subjetiva –normalmente, la respuesta sería inmediatamente afirmativa.  De hecho, la mayoría de las veces que nuestros alumnos intentan definir la felicidad se limitan sólo a lo que atañe a la subjetividad: cumplir tus sueños, hacer lo que tú quieras, que nadie ponga límites a lo que deseas, etc.

No sería una cuestión de investigación ardua el deducir de esta repetida experiencia que, entre las creencias actuales predominantes en Occidente sobre cómo vivir bien, la idea de autonomía y gustos propios parece ser la más importante. El filósofo Robert Kane hace una caricatura de esta creencia con una resolución ingeniosa en la historia llamada “Alan el artista”,  sobre la que ofreceré a continuación un resumen:[1]

Alan el artista

Alan es un artista, y como tal tiene una pasión: pintar cuadros. Pero últimamente ha estado enfermo y depresivo porque no ha vendido ninguno. Tanto es así, que un amigo  rico tuvo una idea para levantar su ánimo. El amigo arregló tener en su galería las pinturas de Alan como si ya estuvieran vendidas y, encima, a precios sustanciosos. Alan ahora se siente triunfante. Siempre ha creído –digamos que erróneamente –que sus pinturas tienen un gran mérito artístico. Ahora al menos ha asumido que están ganando el reconocimiento de críticos famosos y coleccionistas. Ahora, le pedimos al lector que imagine dos mundos posibles:

1.            Alan cree que está siendo reconocido como un gran artista, pero de hecho, está siendo engañado –el mundo que acabamos de describir.

2.            Alan cree que está siendo reconocido como un gran artista, pero en este caso, no se le engaña, sino que realmente es cierto y sus pinturas, en efecto, se han vendido.

¿En qué mundo hubiera yo preferido vivir? Si le preguntáramos a Alan seguramente responderá que en el primer mundo. Alan cree que es un gran artista en ambos mundos, y ha sido igual de feliz en ambos –felicidad subjetiva. ¿Qué implica que Alan opte por el mundo 2? Que, además de haber realizado sus sueños bohemios de ser pintor, Alan también quiere que su trabajo sea reconocido. Aquí empezamos a entender lo que significa que necesitamos también un factor objetivo. Supongamos ahora que antes de morir Alan se da cuenta que ha sido “engañado” y que su estado de orgullo sobre su trabajo no tenía ningún fundamento –mundo 3. Hagámonos de nuevo la pregunta: ¿En qué mundo creemos que hubiera preferido vivir Alan? Obviamente el mundo 3 es el peor de todos los mundos. Ahora bien, empezamos a entender lo que es el valor objetivo cuando empezamos a preguntarnos si sería indiferente para Alan vivir en el primer mundo o en el segundo, dado que cree que es un gran artista en ambos y no es más infeliz subjetivamente en un mundo que en el otro. (…) Incluso en el caso de optar por 3, el subjetivista podría decir con bastante tranquilidad: Alan, ¿Qué más te da? ¿Tú no eras feliz pintando cuadros?” No obstante: “Como muchos de nosotros, Alan encontraría humillante que le digan: “Tus pinturas (o música, o trabajo científico, o lo que sea), es algo objetivamente sin valor, ¿pero y qué? Tú te sientes feliz haciéndolo, y eso es todo lo que cuenta.” (Kane, 2010: 130).



[1] Robert Kane (2010), Ethics and the Quest for Wisdom, Cambridge University Press, (Págs.129-130).

 

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