El principal obstáculo en el proceso de madurez: el egocentrismo

Joan Baptiste Torelló (2002)

En el proceso hacia la madurez de la personalidad que atraviesan nuestro alumnos, el principal obstáculo es el egocentrismo. La actitud egocéntrica constituye la raíz de todo desequilibrio caracterológico. Se trata de una distorsión que debe repararse mediante una orientación centrífuga. La personalidad alcanza, pues, su plenitud  y su identidad mediante la superación del egocentrismo.

En la obra de J. B. Torelló, que recoge los tipos egocéntricos de Fritz Künkel, se describen distintos tipos egocéntricos en función del anhelo que el sujeto vive para satisfacer y del que se hace esclavo. Éstos son:

  1. Estrella

Desea sobre todo ser admirado. Su mayor terror es el ridículo. Fue mimado de pequeño. Necesita público que le aplauda. Tiene necesidad de escenario.

  1. Nerón

Desea sobre todo dominar. Su yo descansa viendo a los demás sometidos a él. Se “tragará las lágrimas” antes de pedir un favor. De pequeño fue aplastado por una educación dura o descuidada (abandono). Se casará con una mujer florero y subyugará a la familia con sus leyes. Su lema: “No hay que fiarse de nadie”.

Necesita, como todo dictador, débiles a los que someter.

  1. Cenicienta

Desea sobre todo ser protegido. Pasivo temperamentalmente, busca el cumplimiento de sus objetivos mediante la debilidad. No busca resultar admirable sino “ser digno de compasión”. Y ya que “sufre”, hay que contentarlo: este uso egocéntrico del sufrimiento constituye el núcleo de su personalidad.

A menudo encuentra protectores del tipo Estrella, con lo que se establece una típica simbiosis de egocentrismos. Necesita un protector vigoroso.

  1. Tortuga o Tarugo

Desea sobre todo ser dejado solo. Lo vemos en esos niños durísimos, aparentemente sin corazón, provistos de una concha impenetrable. Sus padres le han dicho: “tú nunca serás capaz de nada”. Y, en consecuencia, encuentra una vía de escape en renunciar a todo (fábula de la zorra y las uvas): deseos, ideales, etc. Sus lemas: “No creo en el amor”,  “Sólo quiero que me dejen en paz”,  “Mis ambiciones son sencillas: comer, dormir, no ser molestado”.

Necesita un mundo al que despreciar.

 

Una sana educación que ayude a la plena realización del individuo, a la maduración de la persona, ha de ir ligada necesariamente a la promoción de la entrega, modo audaz de estar-en-el-mundo, al don de sí mismo: es la sanidad y la santidad, la salus.

 

 

Referencia

  • J. B. Torelló, Psicología y vida espiritual, Rialp, Madrid, 2008

 

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